Portada Antonio Morales


El turismo en la encrucijada

Cada septiembre se produce la llegada de los turistas de la temporada alta en Canarias. Comenzaron a venir en vuelos chárter y  han hecho del turismo la principal actividad económica de nuestro archipiélago. Su impacto en el PIB y en la creación de empleo, directo e indirecto, es indiscutible. Su papel en la modernización de nuestras infraestructuras y en la propia sociedad ha sido extraordinario. En muy poco tiempo, nuestra economía pasó del sector primario al sector servicios, provocando la etapa de mayor crecimiento de la historia de Canarias. 

En este mes, además, han tenido lugar el encuentro profesional de comunicación y marketing turístico ‘Overbooking’ y la celebración del Día Mundial del Turismo, cuyo origen data de 1980. Se instauró cuando se cumplió el décimo aniversario de la aprobación de los estatutos que rigen la Organización Mundial del Turismo en 1970 y tiene una especial relevancia para España al ser el único organismo de la ONU con sede en nuestro territorio. 

Las macrocifras de la actividad turística son contundentes. Estamos ante una actividad que mueve el 9% del PIB mundial (en Canarias un 35%) y del que depende uno de cada doce empleos en el planeta, principalmente ocupados por mujeres. Además, es considerada una actividad que puede impulsar el desarrollo de países menos avanzados, así como  favorecer el diálogo y la cooperación entre diferentes culturas. 

Existen múltiples modalidades de turismo, pero con el auge de los vuelos y servicios de bajo costo, que se está propagando por casi todos los destinos, ha surgido el fenómeno de la masificación. Incluso en los lugares más sorprendentes o peligrosos podemos encontrar colas de personas. Se trata de una realidad que muestra la necesidad de regular los nuevos hábitos de nuestra sociedad y de la que Gran Canaria no se libra, tal como podemos comprobar en algunos de nuestros espacios naturales emblemáticos. 

El turismo en nuestras islas funciona desde sus orígenes gracias a la conjunción de un clima privilegiado, un medio natural y paisajístico de gran calidad, una oferta desestacionalizada de sol y playa, junto a una situación geográfica estratégica. Estos elementos impulsaron, con el incremento de las conexiones aéreas, un enorme flujo de personas y capitales que obró -en parte- el milagro económico español, al recibir las divisas del turismo que comenzaba a mostrar su gran capacidad de movilización de personas, medios de transporte y, sobre todo, de transformar el modelo de desarrollo. El turismo puso en producción zonas en su momento marginales, sin carreteras, ni infraestructuras, rodeadas de surcos y cucañas. 

Hoy, esos territorios acogen varios millones de turistas al año y son atendidos por el mayor contingente de población ocupada de nuestras islas. Una mano de obra mayoritariamente de servicio, pero con la característica de que en su mayor parte cuenta con contratos indefinidos, ya que no hay estacionalidad como en otros territorios y la ocupación es constante en los establecimientos. Sólo en las crisis se producen situaciones que se extienden a todos los sectores de nuestra economía, pero cada episodio de dificultades se ha saldado con una recuperación rápida.

Ya en el siglo XXI hemos vivido varios ejemplos de resiliencia y de cómo se ha recuperado rápidamente la actividad turística de las crisis padecidas. En 2008, por ejemplo, la crisis financiera se ensañó con el país, con unos recortes sin precedentes, generando una gran recesión, pero, al mismo tiempo, Gran Canaria y toda Canarias, iban contracorriente gracias al mantenimiento de la actividad turística.

Esa capacidad de resistencia y recuperación se debe a diversos parámetros y aspectos intrínsecos a nuestro destino. Hace unos días, durante la celebración de ‘Overbooking’, señalé que la imagen de sostenibilidad, seguridad, salud y bienestar son atributos de la marca turística de Canarias que fueron difundidos en las primeras obras literarias de nuestra civilización. La mitología sobre las islas de los afortunados ha ejercido una poderosa influencia en la visión que se ha mantenido de nuestra tierra. La leyenda de Las Afortunadas ha prevalecido, pero hemos de separar el mito de la realidad ante un presente y un futuro que presentan importantes incertidumbres y amenazas.

Y es que, tanto en los periodos de crisis como en los de crecimiento turístico, nuestras fortalezas y debilidades siguen latentes. Nuestra posición geográfica determina nuestro clima y también nuestras vulnerabilidades. La corriente de Canarias, los alisios y el siroco han hecho de este territorio atlántico el Jardín de las Hespérides, pero tenemos que analizar las consecuencias del cambio climático en el sector y sobre todo apostar por la sostenibilidad como gran horizonte de presente y futuro.

Nos enfrentamos a un futuro de grandes retos e incertidumbres. El cambio climático nos debe obligar a adaptarnos y a mitigar sus consecuencias. Tendremos que hacer frente al aumento del nivel del mar, a fenómenos meteorológicos adversos, a enfermedades tropicales, a la sequía y al aumento de las temperaturas, entre otras.

Nuestra posición geoestratégica se puede ver condicionada por crisis bélicas como las que hoy tenemos en las puertas de Europa o en Gaza, en el Sahel y otras zonas de África. El aumento de la inestabilidad política, el auge de la extrema derecha y la debilidad o la quiebra de muchas democracias, devenidas en totalitarismos, suponen un factor de inestabilidad social y económica muy importante que nos puede condicionar de manera significativa.

Nuestra posición y nuestro clima dan lugar a contrastes llamativos en estos tiempos inquietantes. Hoy somos contraste de migraciones climáticas, religiosas, políticas, etc,  entre el norte y el sur, entre Europa y África. El ocio hedonista y la jubilación de la envejecida población europea se choca de bruces con una tragedia humanitaria que sitúa a la ‘ruta de Canarias’ como la más mortal del mundo.

Esas contradicciones o diferencias forman también parte de nuestra marca turística, que arrancó hace un siglo y medio, desde que comenzamos a recibir viajeros y turistas que venían a recuperarse de las consecuencias de la revolución industrial. Fueron ciudadanos de estos países quienes promovieron los primeros hoteles. Así, en 1911 la ciudad contaba con 13 establecimientos y en El Monte había otros dos. En aquella época, los desplazamientos para llegar a cualquier parte del planeta duraban entre dos y quince días. Hoy es cuestión de horas y disponemos de 135.000 camas alojativas (VV, apartamentos, CR, hoteles…) y nuestro aeropuerto conecta con 152 destinos distintos.

Canarias figura entre los destinos líderes del turismo en el mundo y eso es debido a una gran cantidad de personas, empresas y organismos que hacen posible la excelencia de nuestra oferta de productos y servicios turísticos, con unas infraestructuras al nivel de las zonas más desarrolladas de Europa. Pero no nos podemos dormir en los laureles.

El turismo hunde sus raíces en nuestra historia para convertirse en parte de nuestra identidad. Y a partir de esa realidad, hemos de esforzarnos por conseguir que responda a nuestras necesidades y no profundice en las desigualdades, porque determina nuestras vidas.

Una representación de esa parte de la sociedad isleña, consciente de cómo repercute en su vida el turismo, quiere que esa relación sirva para mejorar la vida de quienes residimos aquí, como ha sido a lo largo de la historia. Fue la sociedad la que impulsó el turismo desde sus inicios, concitando una movilización social sin precedentes y destinando parte de sus escasos recursos para la creación de equipamientos que hoy son orgullo y patrimonio cultural. Inicialmente nuestras clases medias y algunos de nuestros empresarios  invirtieron sus ahorros para crear las camas necesarias. La aportación de los primitivos visionarios creativos nos dejó un legado en el paisaje cotidiano que nos enorgullece. Ahí están el Pueblo Canario, el parador de Tejeda, el Jardín Canario, el Templo Ecuménico, la Casa de Colón, los festivales, los campeonatos deportivos, la restauración… Unos equipamientos y actividades que debemos -en parte- al turismo.

Y en este sentido tenemos que aprender y renovar la larga tradición que dio comienzo hace 110 años con la creación de la Sociedad Fomento y Turismo, o el Centro de Iniciativas y Turismo que este año cumple su noventa aniversario, o el Skal Club, con 66 años de actividad en la isla. La sociedad civil iba muy por delante de la administración, hasta que en 1975 el Cabildo creó el Patronato Provincial de Turismo -cincuentenario que celebraremos el próximo año-, y que nació con el espíritu de cooperación entre las islas.

En estos cincuenta años, se ha profesionalizado y estructurado el sector. Pero también hemos visto crecer el descontento de sectores de la población que plantean cambios en el modelo, al que culpan de déficits que padece la sociedad. Vivimos en una encrucijada global en la que la crisis climática, el auge de los conflictos y la polarización animan a la confrontación, dejando a un lado el diálogo y la participación. Por ello, debemos recuperar la implicación de la sociedad para consolidar un modelo de turismo más sostenible y rentable, que contribuya al progreso, a la diversificación de la economía, a una mayor igualdad social, a la protección del medio natural y sus recursos y a una mayor distribución de sus beneficios.

LA ULPGC, UNA PRIORIDAD

Comienza el curso universitario y con él la oportunidad de repensar lo que implica la ULPGC para nuestra isla  y las posibilidades que representa para el avance de la transformación global que necesita y experimenta. La universidad nació de una demanda social sentida y masiva que identificó el logro de enseñanzas superiores completas como la herramienta para ganar los retos de igualdad, conocimiento y modernidad que nos exigía el siglo XXI. Es el momento de renovar aquel entusiasmo y aquellas convicciones para mantener viva la contribución que hoy también reclama nuestra sociedad con el objetivo de ganar los nuevos tiempos.

La educación superior pública resulta imprescindible en Canarias para cualificar a la juventud que necesita nuestro sistema social y económico, para responder científicamente a los retos de adaptación al cambio climático y la conservación de nuestro territorio, para impulsar un modelo de desarrollo diversificado y para generar una cultura democrática de respeto a los derechos humanos y de valoración de nuestra identidad como pueblo. Gran Canaria necesita una educación universitaria puntera, que atraiga y motive a nuestra gente joven, que responda a las necesidades del tejido empresarial y social y que consolide la buena investigación especializada que ya se realiza muy conectada con nuestros sectores estratégicos: en la actividad marina, las nuevas energías, la producción de agua, el turismo sostenible, la digitalización o las producciones audiovisuales, entre otros ámbitos.

El gobierno progresista del Cabildo identificó desde el primer momento que el proyecto de adaptación al cambio climático, de diversificación económica y de mayor justicia social que impulsaba, necesitaba de la aportación y la implicación de la ULPGC. Así ha sido durante los nueve años de trabajo intenso que llevamos recorridos y muchos de los avances alcanzados se deben a múltiples acciones conjuntas que han soldado objetivos y proyectos de innovación, investigación e intervención social y medioambiental. Pero los cambios que se avecinan son de tal magnitud que debemos actualizar esa colaboración y proyectar un nuevo impulso universitario que tenga proyección e impacto social en los sectores estratégicos de la isla.

La globalización, la situación de inestabilidad económica, las dificultades para acceder al  mundo del trabajo, las condiciones de contratación de las personas egresadas o las nuevas tecnologías, están cuestionando el papel de la educación superior en la nueva sociedad. Y considero que esa es una mala noticia para un territorio como el nuestro donde el capital humano y el fomento del talento de nuestra juventud son fundamentales para pensar en un desarrollo autocentrado, que garantice la continuidad de nuestra gente mejor preparada para construir una Gran Canaria próspera.

Percibo que se extiende en nuestra población un cierto desánimo sobre las posibilidades y la utilidad de la formación superior al comprobar que las oportunidades que siempre hemos vinculado a la educación universitaria no terminan de confirmarse. Es una realidad que no siempre el esfuerzo que supone los años de estudio se corresponde con un reconocimiento laboral y social. Si se extiende esa percepción habremos retrocedido décadas porque la educación superior pública en Canarias ha sido la mejor garantía de promoción social, de incorporación de nuestra gente a la gestión y dirección de la sociedad insular, de permanencia de la juventud en la tierra que los vio nacer y de actualización del sistema productivo local.

Escucho igualmente manifestaciones de profesionales dentro del sistema universitario que hablan de una sensación de desamparo, de falta de apoyo público y privado a un trabajo indispensable para nuestro presente y para el futuro inmediato. Y también de ciertas incoherencias en el sistema de consolidación y promoción del profesorado que no siempre tiene en cuenta la motivación y satisfacción del alumnado como elemento fundamental para que la educación superior sea atractiva y motive a una juventud que vive presionada por la inmediatez y la rentabilidad en forma de ingresos, condiciones de vida y status. El binomio investigación y docencia tiene que avanzar en equilibrio para que no se resienta ninguna de las dos funciones esenciales de  la tarea académica.

Los riesgos que estamos comentando no son exclusivos de Canarias. La propia Conferencia de Rectores (CRUE) ha alertado de que debemos ser críticos y exigentes para garantizar en 2030 una universidad competitiva y de calidad. Si permitimos que la oferta universitaria canaria se devalúe estaremos aceptando constituirnos en una sociedad subalterna incapaz de generar sus propios cuadros profesionales y de participar en condiciones de igualdad en la producción y en las transferencias de conocimiento, investigación e innovación.

Ante estas consideraciones tenemos que ponernos manos a la obra. La mayoría de informes y estudios que conocemos coinciden en las medidas que deben aplicarse sin demora para retomar el impulso. Desde esta reflexión y desde la perspectiva de Gran Canaria, me gustaría incidir en cinco líneas fundamentales. Es urgente mejorar e incrementar la financiación pública de las universidades canarias. Necesitamos estabilizar, motivar y garantizar el relevo generacional de nuestro profesorado, reteniendo y promocionando el talento que se genera en nuestras aulas universitarias. Nos gustaría que el estudiantado mejore su empleabilidad y que las empresas canarias incrementen la contratación de titulados y tituladas superiores y colaboren en implementar un modelo dual de formación superior. Debemos visibilizar la relevancia social del conocimiento y la investigación que se realiza en nuestras universidades para consolidar la complicidad entre sociedad y universidad. Tenemos que incentivar el acceso del estudiantado que debe encontrar en una formación superior polivalente una oportunidad para promocionar y emprender.

Las universidades canarias padecen una insuficiencia financiera compartida con las del resto del estado y agravada porque las restricciones de la crisis de 2010 no se han resuelto satisfactoriamente. Las continuas quejas de los rectorados son pruebas elocuentes. No es posible una educación superior de calidad con menos del 1’5% de inversión del PIB y en Canarias, desgraciadamente, estamos lejos de esas cantidades.

La proliferación de universidades privadas, en algunos casos sin controles ni exigencias de calidad, no resuelve el problema de la financiación y la suficiencia de la universidad pública porque, en muchos casos,  se dirige a sectores sociales diferentes. Por otra parte, dificulta la acción de de la Consejería autonómica de Universidades al tener que gestionar más centros con los mimos medios. Un ejemplo de ello es que el Gobierno de Canarias no termina de adaptar la gestión de sus universidades a la normativa estatal.

El conjunto de medidas exigen un nuevo pacto por la educación superior en Canarias que implique a todas las administraciones públicas, al empresariado, a los sindicatos y a la sociedad civil que generó la gran movilización universitaria y que hoy necesita que no languidezca, ni se deteriore el gran sueño nacido en el siglo XX, para que nos ayude a ganar el siglo XXI. El Cabildo de Gran Canaria está comprometido en mejorar su colaboración, aún a sabiendas de que es competencia exclusiva del Gobierno de Canarias. Estamos trabajando estrechamente con la ULPGC y lo vamos a seguir haciendo.  

Tenemos que consolidar la tarea universitaria como una prioridad política y social en nuestra isla. Cuatro décadas después, aquella histórica corriente ciudadana nos sirve de ejemplo de la capacidad de Gran Canaria para conseguir sus objetivos, aunque también es un recordatorio de que como isleños e isleñas y como grancanarios y grancanarias nos cuesta demasiado tiempo y esfuerzo materializar y consolidar derechos imprescindibles. Aquel éxito debe darnos confianza para ganar los nuevos retos sociales, medioambientales, culturales y económicos que tenemos la obligación de alcanzar. La Universidad es una herramienta imprescindible. Ya lo está siendo y no puede dejar de serlo.

Una voz atlántica

La vorágine del día a día hace que nos olvidemos con frecuencia de que la posición de Gran Canaria y de Canarias entera en relación con el exterior, especialmente con los tres continentes más cercanos, supone un factor que nos determina, nos condiciona y, a la vez, nos abre posibilidades de relaciones  e influencias de ida y vuelta. Nuestra historia, los acontecimientos que se suceden en este mundo convulso y la globalización han reforzado nuestro carácter tricontinental  con Europa, África y América. Nuestra obligación es afianzar cada día nuestra posición atlántica para abordar algunas de las cuestiones que nos preocupan.

Esta realidad nos afecta social, económica, cultural y políticamente. Por eso la proyección internacional de nuestra isla tiene que ser un elemento que nos ocupe tanto a quienes tenemos la responsabilidad de gobierno como al conjunto de la ciudadanía. Lejos de vivir aislados, Canarias tiene una relación intensa con los continentes cercanos y una actividad que supera la de muchas comunidades más pobladas que no son frontera como lo somos nosotros. Estamos comprobando que la defensa de Canarias no podemos delegarla en el Estado que es el que tiene competencias porque, con frecuencia, los intereses de nuestras islas no coinciden con los del continente ni con la mirada estatal o europea. Lo vimos con las prospecciones petrolíferas, lo estamos viendo con las maniobras militares de Marruecos y ahora se repite con la crisis migratoria.

Desde que este año  2024, el puerto de La uz ha incrementado su actividad con los buques mercantes procedentes de Asia y del Índico, obligados a rodear el continente africano para no cruzar el Mar Rojo en su ruta hacia el Mediterráneo y Europa. Ha aumentado el riesgo de ser atacados por los hutíes de Yemen quienes han declarado la guerra a Israel por su ofensiva contra Gaza que cumple once meses de horror y destrucción, extendiendo su impactos a la región y a todo el mundo.

Para nuestro puerto, la reducción del tráfico por el canal de Suez se traduce en un incremento extraordinario de su actividad, no exenta de riesgos por la saturación de operaciones. Es cierto que supone un incremento de la actividad económica pero, desgraciadamente, ese crecimiento va aparejado a la subida de precios, a velocidad de vértigo, del combustible y también afecta a la cotización de las mercancías que transportan,  especialmente los alimentos que recibimos del exterior y de los que dependemos. Además, las guerras consumen enormes recursos que superan lo que se necesita para acabar con el hambre o frenar el cambio climático en todo el planeta. Sufrimos una situación en la que se incumplen los acuerdos de Naciones Unidas, los dictámenes de la Corte Penal Internacional y los más elementales derechos humanos.

Las nuevas relaciones políticas de Europa con los países africanos y la imposición de políticas represivas que pretenden reducir los movimientos migratorios entre el norte y el centro de África con Europa del sur, han convertido la ruta canaria en la más frecuente a la vez que peligrosa para miles de personas que huyen de la pobreza, de la violencia de los conflictos bélicos y  las afecciones climáticas que padece el continente africano.

África se desangra en conflictos armados y en un agravamiento de las hambrunas. Las consecuencias del cambio climático originan  movimientos migratorios que también forman parte de este nuevo paisaje atlántico al que nos hemos habituado, dado que fuerzan a miles de jóvenes y menores a arriesgar la vida en el desierto o en cayucos para llegar a territorio europeo. Es una realidad que los canarios y canarias vivimos con enorme sufrimiento por el drama que supone ser la ruta migratoria más mortal en el mundo.

Y, lejos de los discursos grandilocuentes de los líderes que ven en las armas el único medio para alcanzar sus objetivos, con arengas de grandes estrategias y rápidas acciones que pretenden minimizar el espanto, los conflictos bélicos se prolongan. La ausencia de un horizonte de paz se consagra en las noticias que recibimos a diario y que hacen cotidiana la crueldad y la impotencia ante la deshumanización y el sufrimiento. Ucrania, Palestina, Mali y Sáhara, entre otros muchos países del continente africano forman la lista del horror que golpea nuestras vidas. 

La aparente normalidad que vivimos en el Atlántico se da de bruces con la llegada de embarcaciones con millares de personas que arriesgan sus vidas. Una situación que se agrava con la insolidaridad y el uso político tramposo de las instituciones para consagrar en las islas, principalmente en Gran Canaria, un sistema carcelario de retención de inmigrantes, a sabiendas de que esto no hace más que perjudicar nuestra capacidad de atención y de solidaridad, además de afectar a nuestra convivencia.

Simultáneamente, en los últimos once meses, la violencia desatada sobre los dos millones de habitantes encerrados en Gaza, cuya superficie es la misma que la de la isla de La Gomera, ha incendiado un conflicto que se extiende a otros territorios palestinos y a todo Oriente Medio. Una situación, en la que están implicados EEUU, Reino Unido y la Unión Europea, que nos pone de bruces ante el genocidio contra el pueblo palestino, mientras vemos renacer  a la extrema derecha alemana en las elecciones regionales de Turingia y Sajonia, como está pasando en Francia, España y en tantos otros países europeos.

Estamos ante una realidad política que agudiza la polarización con la entrada en escena de peligrosas consignas contra la justicia social, las políticas públicas y el reparto de la riqueza, abanderadas por profesionales de la mentira y la demagogia, como Milei, Trump, Bolsonaro, o el multimillonario Musk, propietario de una de las plataformas de redes sociales más influyente del planeta. Se han convertido en aliados estratégicos de la parte más reaccionaria del gobierno israelí, en su campaña para acabar con el pueblo palestino y ocupar sus territorios. En realidad persiguen un nuevo orden mundial basado en los autoritarismos y las autocracias y enfrentado a la democracia liberal.

Nuestra realidad global es mucho más compleja y difícil de resolver, porque ya no solo nos afectan las plagas de langostas, los piratas berberiscos o el tsunami del terremoto de Lisboa, que vivimos siglos atrás. Somos islas de paz, de convivencia, de superación de épocas pretéritas en las que los piratas asolaban nuestras costas. También, acudíamos al vecino continente para realizar cabalgadas con las que conseguir ganado y esclavos.

Igualmente, somos islas de emigrantes desde el primer viaje de Cristóbal Colón hasta nuestros días. Y desde entonces, hace 532 años, se conformó nuestra identidad, evolucionando hasta la actualidad, desde esa visión que se extendió hasta la primera mitad del siglo XX y que nos define como “europeos con los pies en África y el corazón en América”. O la visión más reciente y académica del profesor Víctor Morales Lezcano: «Para Canarias, Europa es una evidencia; América una nostalgia; y África, un imperativo». Un territorio de la ultraperiferia que tiene fuertes vínculos con los continentes del Atlántico, reflejados en la Casa de Colón o Casa África, para mantener esos lazos históricos de conocimiento y cooperación. Por eso nos preocupa y nos afecta tanto también lo que está sucediendo en Cuba, Venezuela, Nicaragua o El Salvador.

En un mundo cambiante, en esta montaña rusa de vértigo, nuestro compromiso debe ser con la seguridad y mejora de las condiciones de la población de la isla, con su tradición de paz, solidaridad y diálogo. Una forma de entender el mundo que quedó plasmada en 1986, cuando fuimos de las pocas provincias españolas que rechazó la entrada en la OTAN y la política de bloques en referéndum. Eramos conscientes de que el futuro no pasa por el enfrentamiento y las amenazas de destrucción total, sino por nuestra transformación hacia un modelo de isla que tenga soberanía alimentaria, energética, hídrica y, de esta forma, convertirnos en ejemplo de sostenibilidad para el mundo, alejando esa imagen de cementerio de esperanzas ahogadas en el océano.

A pesar de tratarse de un reto ilusionante, algunas personas manifiestan su escepticismo sobre qué puede hacer una isla ante todo esto. Ante el cambio climático, la crisis migratoria o la fragilidad cada vez mayor de la democracia. Y la respuesta es que nuestra obligación es la de ser una voz en el Atlántico y en el mundo para demostrar que hay alternativas, que el planeta no puede seguir agotando recursos arbitraria y alocadamente.  Que debemos luchar contra las desigualdades que provocan las migraciones forzadas. Que siempre tienen que estar presentes, en las acciones que corresponden, los valores democráticos esenciales. En esta encrucijada atlántica, la ecoísla que defendemos pretende profundizar en todo esto.  Es una manera de contribuir desde lo local a las grandes transformaciones que demanda la tierra.

Errática y colonial política migratoria

La errática, lenta y colonial política migratoria en Canarias por parte del Gobierno de España y de la Unión Europea se ha apurado tanto, se ha llevado a un límite tan insostenible, que ha dejado un panorama seriamente preocupante, sin margen de error y al borde del colapso. Un colapso que, por supuesto, se sentirá antes en cualquier municipio de Canarias que en Bruselas o  en Madrid.

Un colapso, para empezar, de vidas. Son centenares las personas que han muerto solo en 2024. Miles en esta década. Decenas de miles de personas muertas desde que hace 30 años llegaron los dos primeros supervivientes de la ruta canaria a la isla de Fuerteventura.

Es inadmisible que se asuma como una realidad banal el hecho de que  miles de personas hayan muerto ahogadas, de hambre o de sed tratando de sobrevivir a un sistema injustamente desequilibrado y desigual que condena a muerte y que empuja a una aventura suicida en el océano a una parte de la población que bien podría migrar segura si otras vías fueran posibles, legales y seguras.

El desatino también afecta, y esto es especialmente irresponsable, al sistema de acogida de menores, de niños y niñas en desamparo, que llegan solos. Que llegan sin personas referentes adultas. Que colapsan los espacios de atención. Que son atendidos con medios precarios, en circunstancias anómalas, y desprotegidos de los derechos que los amparan. Que empiezan a ser piezas fáciles de las mafias de la prostitución. Que al cumplir los dieciocho años se ven en la calle, sin techo, sin futuro. Que son utilizados como arma arrojadiza para sembrar odios, racismo y xenofobia.

Canarias viene demandando una y otra vez lealtad institucional y expresando necesidades objetivas que apuntan a la saturación del sistema.  Vaticinamos que el otoño será caótico si no se logran cambios legislativos. Es necesaria la modificación del Artículo 35 de la Ley de Extranjería, que permitiría que cuando una Comunidad Autónoma esté colapsada, especialmente le ocurrirá a las comunidades fronterizas, pueda pedir al Estado que se traslade a menores a otros territorios. Esta modificación contaba con el apoyo unánime en este archipiélago, la de todos los cabildos y ayuntamientos, organizaciones sociales y grupos políticos, pero cayó en saco roto el pasado mes de junio en el Congreso de los Diputados.

La traición del Partido Popular -que en Canarias dice una cosa y en Madrid otra- y la cobardía del Gobierno de España para afrontar la redacción de un Decreto Ley que peleara por una mayoría en las Cortes españolas, hizo naufragar una medida que, de estar aprobada ahora, permitiría esbozar un escenario diferente. Menos lesivo, sin duda. A veces uno piensa que  cuando se toman estas  decisiones no se tiene en consideración las consecuencias reales en los niños y niñas que necesitan una acogida urgente en las sociedades locales. Y parece ser que no. Prima la crispación, el tacticismo político y el juego sucio, la búsqueda de la derrota del otro. Y no es que no sepan ponerse de acuerdo, en Canarias lo hacen con suma facilidad para poner mociones de censura a mayorías progresistas.

Ahora, el Gobierno de Canarias en una acción desesperada e inédita sostiene que la custodia policial será suficiente para la acogida de niños y niñas y que no abrirá las puertas de sus centros, ordenando a las organizaciones que gestionan estos espacios que así sea, exigiendo que el menor esté filiado y  con la edad determinada, algo que no se ajusta a la realidad de la emergencia y que puede generar graves contratiempos en la cobertura de los derechos fundamentales de los supervivientes menores de edad.

Coalición Canaria, lanza así un órdago obviando que cohabita en el Gobierno canario con quién impide la reforma en Madrid y que apoya en el Congreso de los Diputados a quién de forma irresponsable se resiste a reformar por Decreto Ley la norma que permitiría seguir progresando en la modificación del sistema de acogida.

El PSOE y el PP, insisto, están jugando una partida en la que Canarias no está siendo, si quiera, una pieza de intercambio. Con el juego colonial de sombras que están perpetrando mantienen entretenido el foco mediático sin entrar en el fondo del asunto. Si esto ocurriese en cualquier otra Comunidad Autónoma de la península, el asunto se habría diluido por la continuidad territorial. Están usando el aislamiento y la lejanía de Canarias para postergar la toma de decisiones, permitiendo a la sociedad isleña observar de forma clara y evidente que la distancia importa. Que la distancia es olvido y marginación. Que la distancia y el centralismo colonial, mediático, político y social, alejan y ocultan la realidad.

Un ejemplo de lo expresado con anterioridad lo pudimos ver este verano cuando el presidente del Gobierno de España hizo una gira por países de África Occidental y Canarias. Fue prometiendo programas y ayudas en los diferentes países, como cada año, sin Europa, sin continuidad, sin estructuras sólidas.

Lo mismo que hizo a su paso por Canarias prometiendo dinero, pero no cambios estructurales. La única solución que aportó el presidente del Gobierno de España en un alto en sus vacaciones en Lanzarote, fue la de destinar cincuenta millones a esta Comunidad para ayudar a los gastos de acogida. Un parcheo, una patada hacia adelante que no mejora la atención. Una prolongación de la determinación de convertirnos en un espacio de retención, en una isla cárcel.

Una patada hacia adelante de libro y con la mejor de las sonrisas. La debilidad del Ejecutivo estatal y la falta de apoyos parlamentarios están condicionando la búsqueda de alternativas y soluciones para este asunto. Por no mencionar la inacción de la Unión Europea que parece estar volcada en el Mediterráneo y el Este. Fíjense en estos día la euforia insensible de Italia presumiendo de haber reducido la llegada de inmigrantes en su país en un 80%. Aquí ha aumentado en un 123% porque Europa se ha preocupado por captar a Meloni atendiendo sus demandas y despreciando nuestra realidad.

En lo que va de 2024 han llegado casi 25.000 personas. Más que nunca antes a estas alturas del año. Sostengo que es inasumible condenar a tantas personas a este riesgo mortal. Sostengo, también y de igual forma, que ningún menor por acción u omisión puede quedar en desamparo. Y aunque entiendo la posición del Gobierno de Canarias, no puedo respaldar un cambio de actitud haciendo que lo que era válido y ajustado a derecho hace solo unas semanas ahora no lo sea. Y que la consecuencia sea no acoger a ningún niño o niña, aunque lo necesite. Los niños y niñas no pueden verse perjudicadas en esta estrategia de enfrentamientos. Y comparto la desesperación, la impotencia y el cabreo del gobierno canario (aunque acoja la paradoja de que una parte de él sea absolutamente cómplice de lo que está pasando).

El camino de la confrontación no resolverá nada e insto a llegar a un acuerdo lo antes posible, de lo contrario, la sangría de derechos humanos y vidas será mayor. Y el espejo al que se tendrán que mirar devolverá una imagen nada edificante.

El Pino nos convoca

La fiesta del Pino, inalterable en el calendario de Gran Canaria, vuelve para invitarnos a iniciar un curso  cargados de ilusiones y con los compromisos renovados. Nos avisa de que el verano se acerca a su fin y de que debemos ordenar nuestras agendas para aprovechar el tiempo nuevo que se nos presenta con oportunidades y retos a cumplir. Desde antes de las vacaciones estivales ya todo se programa “para después del Pino”. Mientras, revisamos nuestros trajes típicos, los timples y las guitarras y quedamos con la familia y los amigos para que no falte nadie a la cita que nos confirma que seguimos en pie y con ganas de continuar en la brega diaria.

En  esta primera semana de septiembre animo a toda la ciudadanía de Gran Canaria a reencontrarnos en Teror para revivir nuestras tradiciones, para compartir este tiempo de fiesta que refuerza nuestro sentimiento de pertenencia a una sociedad y a una isla que nos acoge, a la isla de nuestra vida. La celebración nos permite también expresar unas creencias y unos valores que se viven en libertad, con respeto a las diferencias y con emoción.

El encuentro en Teror tiene todo lo que las canarias y canarios necesitamos para renovar un sentimiento colectivo de hermandad, de ilusión ante lo que somos y lo que podemos alcanzar y de esperanza colectiva para afrontar las dificultades que se nos presenten. Lo vivimos cada año y nunca pierde esa enorme capacidad de convocatoria que mantiene desde sus inicios.

Y siempre la canariedad lo envuelve todo, como expresión original de nuestra manera de afrontar la vida, de amar unos símbolos que nos identifican, de compartir un folklore que hemos creado durante siglos, de revivir una historia que nos define como  isleños y de renovar los compromisos solidarios que nos dan confianza como pueblo para ganar juntos el futuro.

En el Pino se cruzan tres tiempos. El pasado que permanece en una fiesta consolidada, aparentemente idéntica cada año, pero que sabemos quiénes llevamos décadas disfrutándola que no es así, porque la transformamos y la personalizamos todas y todos los que acudimos. El presente enriquecido por nuestras inquietudes, por las preocupaciones o por la actualidad del momento, junto con las novedades artísticas o culturales que adornan el programa de actos diseñado. Y en la fiesta, afortunadamente, también se trasluce el futuro. Porque, en el fondo acudimos a Teror en la confianza de que las fiestas suponen un impulso de renovación, de convencimiento de que afrontamos ilusiones y proyectos nuevos que nos enriquecerán personal o familiarmente. De que la celebración comunitaria es siempre una contribución valiosa al progreso de la isla.

Como Gobierno de la isla, acudimos a Teror con la satisfacción de que avanzamos como sociedad. Muchos de los compromisos que asumimos el año pasado están en marcha y comprobamos que esta reflexión colectiva que realizamos cada año tiene sentido.

Hay señales de esperanza en la creación de empleos para mujeres y jóvenes y para personas en paro de larga duración. Mejoramos en muchos indicadores de sostenibilidad como la transición hacia las energías limpias, la seguridad hídrica y la soberanía alimentaria, con el aumento del consumo del producto local. Avanza la construcción y la apertura de nuevos servicios y centros sociosanitarios dedicados a las personas dependientes. Crece la inversión pública para mejorar equipamientos y generar actividad económica.

Tan importante como esos indicadores, que señalan que la isla tiene un horizonte y que lleva una trayectoria estable de progreso es la imagen de unidad entre todas las administraciones y las organizaciones sociales de la isla que estamos ofreciendo cada vez que afrontamos un reto o nos comprometemos con un proyecto.

Tenemos multitud de ejemplos, pero nos basta con recordar, por citar solo cuatro: la obtención de la candidatura de Gran Canaria para organizar el Mundial de Fútbol en 2030 que demuestra esa imagen de unidad y solvencia imprescindibles para conseguirlo. Lo mismo ocurre con una obra fundamental para la soberanía energética e hídrica como es el Salto de Chira, el progreso en la adecuación del Museo de Bellas Artes de Gran Canaria, MUBEA, que representa un hito cultural de primer orden o la consecución del Parque Nacional de Guguy.

Así tenemos que permanecer para afrontar los grandes desafíos que se nos presentan ligados, entre otros, a la migración y la acogida de menores, a la financiación autonómica sin discriminaciones, al respeto a nuestro Régimen Económico y Fiscal, a la adecuación del modelo turístico a la sostenibilidad y a una mayor contribución social o a la sobrepoblación y sus afecciones sobre las nuevas generaciones de canarios y canarias

Son señales que justifican una celebración colectiva, pero a la vez queremos renovar los compromisos de transformación de nuestra isla porque no podemos darnos por satisfechos. Sigue habiendo muchos grancanarios y grancanarias que lo siguen pasando mal. No es tiempo de autocomplacencias, pero es imprescindible combinar la responsabilidad de alcanzar  lo que nos falta por conseguir, con el reconocimiento de que sabemos y podemos avanzar en los objetivos que nos proponemos como sociedad grancanaria.

En este contexto, las fiestas vuelven a ser ese momento decisivo que siempre han sido en la vida social del pueblo canario. Nos permiten liberar tensiones y a la vez celebrar que volvemos a reunirnos y recobrar fuerzas para proseguir el camino. Son el espacio y el lugar para visibilizar y festejar  las expresiones culturales que nos identifican.

Volvemos al Pino para comprobar que estamos en marcha. En camino, como el que recorren los peregrinos que cruzan toda Gran Canaria para llegar a los pies de la patrona o encontrar el abrazo de la familia o los amigos para sellar una promesa que llevamos siglos cumpliendo. Venimos de lejos y queremos, con las enseñanzas de la historia y la voluntad de todas y de todos, ganar un futuro de progreso para que nuestra gente sea feliz en la tierra en la que nacimos o que hemos adoptado como nuestra.

Nos queda mucho por conseguir, pero tenemos un gran trecho avanzado. No es tiempo de lamentar lo que nos falta sino de afianzar nuestros valores y nuestras convicciones, igual que hace el luchador en el terrero para ganar la brega. Deseo que disfrutemos en la fiesta mayor de Gran Canaria y que el verde y el frescor de nuestros pinares afiancen en nuestro ánimo la ilusión y la hermandad que nos identifica.

¡¡ Felices fiestas del Pino !!