Portada Antonio Morales


Gran Canaria responde a la emergencia

Hay momentos en los que una isla se mide a sí misma. No solo por la intensidad de un fenómeno natural, sino por la capacidad colectiva de anticiparse, organizarse y responder con responsabilidad. La borrasca Therese ha sido uno de esos momentos.

Desde que tuvimos conocimiento el martes 17 de marzo de la posible dimensión de este episodio meteorológico, que podía convertirse en el más intenso de los últimos 13 años, activamos desde el Cabildo de Gran Canaria todos los mecanismos a nuestro alcance. No se trataba unicamente de reaccionar, sino de anticiparnos. De prever escenarios, organizar recursos y coordinarnos con todas las administraciones implicadas.

Así, pusimos en marcha un dispositivo amplio y robusto, con casi dos milpersonas movilizadas en distintos momentos y se decidió declarar el nivel 1 de emergencia en el marco del Plan Insular de Emergencias. Un despliegue que integró a personal del Cabildo: Medio Ambiente, Carreteras, Consejo Insular de Aguas, Consorcio de Emergencias, Bomberos Forestales ycomunicación, junto a policías locales, Policía Nacional,  Policía Canaria, GES, bomberos de SBT y de LPGC,DGT, personal municipal, Guardia Civil, Protección Civil, Cruz Roja, empresas de servicios, la UME y el conjunto de los servicios de seguridad y emergencias del Gobierno de Canarias, Emalsa, Canaragua y Red Eléctrica. Creo que los he citado a todos

Han trabajado con una profesionalidad extraordinaria y han demostrado su fortaleza y la necesidad de contar con servicios públicos capaces de afrontar el enorme reto de proteger la seguridad colectiva. Les expreso la mayor de las gratitudes en nombre de la ciudadanía grancanaria. Lo dieron todo cada mañana, cada tarde, cada noche y cada madrugada. Siempre atentos, actuando, protegiendo, analizando las claves climatológicas para intervenir con mayor seguridad, informando…

La clave, desde el primer momento, fue la coordinación. Mantuvimos reuniones constantes con los ayuntamientos y con los distintos cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. La respuesta no podía ser fragmentada. Tenía que ser unitaria, coherente y ágil. Y lo fue.

Al mismo tiempo, entendimos que, en una situación de este tipo, la información es tan importante como cualquier recurso material. Por eso, desde el primer instante ofrecimos una comunicación continua, precisa y transparente a la ciudadanía. Frente al ruido, frente a la incertidumbre y frente a los bulos de las redes sociales, especialmente sensibles en lo relativo a las presas, la información oficial ha sido el mejor antídoto. Y en esto han jugado un papel importante los medios de comunicación. 

Los primeros días estuvieron marcados por lluvias persistentes y vientos intensos, con rachas que superaron los 120 kilómetros por hora en algunos puntos de la isla, y precipitaciones generalizadas que afectaron a buena parte del territorio. A ello se sumaron incidencias en carreteras, desprendimientos, desbordes de barrancos y actuaciones preventivas como desalojos puntuales en zonas de riesgo.

Adoptamos decisiones difíciles pero necesarias. Se suspendieron actividades al aire libre, se cerraron instalaciones y se limitaron accesos a determinadas zonas, especialmente en cumbres y barrancos. Cada medida tenía un objetivo claro: reducir riesgos y proteger a las personas.

A partir del domingo 22 de marzo entramos en una segunda fase del fenómeno, caracterizada por la aparición de células convectivas: lluvias intensas, muy localizadas y difíciles de predecir y que se mostró especialmente agresivo en la madrugada del martes 24. Nos dejó carreteras cortadas, cauces desbordados, presas rebosando, núcleos de población aislados…Esto exigió elevar el nivel de alerta y reforzar la vigilancia en puntos especialmente sensibles del territorio.

El martes 24 dimos un paso más, activando el nivel 2 de emergencia para poder contar, si era necesario, con el apoyo de la Unidad Militar de Emergencias. Una decisión que responde a un principio básico en la gestión pública: anticiparse también a los peores escenarios, aunque finalmente no se materialicen en toda su magnitud.

Llegados a este punto quiero señalar que es un desprecio a las islas, y un desconocimiento de las competencias de sus cabildos, la obsesión del Ministerio de Defensa de impedir que los gobiernos insulares puedan pedir directamente a la Unidad Militar de Emergencias su participación en una situación de esta envergadura. Obliga a elevar el nivel sin necesidad, solo para hacer posible la participación de los militares que observan desde Gando las consecuencias del fenómeno meteorológico adverso sin poder actuar. 

Durante estos días, hemos visto trabajar sin descanso a cientos de profesionales. Han conformado equipos que han intervenido en carreteras, en cauces, en núcleos de población, en los rescates de personas que han sido necesarios y en puntos críticos de la red hidráulica. Hemos visto también una coordinación efectiva entre administraciones y una respuesta ejemplar de todos los dispositivos de emergencia, seguridad y orden público.

En Gran Canaria hemos aprendido algunas lecciones importantes en materia de prevención de emergencias. Hace diez años no contábamos ni con estos dispositivos, ni con la sólida, solvente y profesional organización operativa para responder a cada situación. Igualmente el crecimiento de los equipos de Protección Civil, la estabilización de los bomberos forestales y la práctica de integración de todos los servicios, especialmente con los ayuntamientos, nos ha colocado en una situación de mayor seguridad y profesionalidad ante riesgos mayores derivados del cambio climático.

Pero quiero destacar, con el mismo énfasis, la actitud de la ciudadanía. Gran Canaria ha demostrado una madurez colectiva y una cultura preventiva que debemos reconocer. La mayoría de la población – frente a una minoría irracional- ha seguido las indicaciones, ha evitado desplazamientos innecesarios y ha actuado con responsabilidad. Eso ha sido determinante.Porque, dentro de la gravedad de este episodio, podemos afirmar que se ha garantizado la seguridad de las personas. Y ese es siempre el principal objetivo.

Al mismo tiempo, esta borrasca nos deja una lectura positiva que no podemos obviar. Las lluvias han supuesto una aportación extraordinaria a nuestras presas, que han acumulado millones de metros cúbicos de agua – aun no tenemos el dato definitivo- en pocos días. Un volumen que no se registraba desde hace décadas y que tiene un valor estratégico para la isla, especialmente para el sector primario y la seguridad hídrica.

Es una paradoja que conocemos bien en territorios como el nuestro: los mismos fenómenos que generan riesgo son, al mismo tiempo, una oportunidad para reforzar nuestra resiliencia. Por eso, la gestión de esta emergencia no termina cuando cesa la lluvia. Continúa con la evaluación de lo ocurrido, con la mejora de los protocolos, con la inversión en infraestructuras -nos costará muchos millones afrontarlo- y con la consolidación de una cultura preventiva que nos permita estar aún mejor preparados para el futuro.

Gran Canaria ha respondido. Lo ha hecho con responsabilidad institucional, con coordinación entre administraciones, con el compromiso de los servicios públicos, con una prensa necesaria y parte activa y con la implicación de la ciudadanía. Nos tiene que llenar de orgullo reconocerlo cuando situaciones similares han acabado en catástrofes que no se olvidan y terminan en tragedia. Esa es la verdadera fortaleza de esta isla. Y es, también, la mejor garantía para afrontar los desafíos que vendrán. 

35 años defendiendo la palabra

Se cumplen ahora en la Villa de Agüimes treinta y cinco años de una conversación ininterrumpida. Desde 1991, cada invierno el municipio se transforma en territorio de historias, con teatros en penumbra, aulas expectantes y plazas donde la palabra vuelve a ocupar el centro. El Festival Internacional de Narración Oral de Agüimes, al que me estoy refiriendo, no nació como espectáculo de masas, sino como un acto de fe en algo más íntimo, en la capacidad de una voz para reunir a una comunidad.

Con el paso del tiempo, aquel sueño se convirtió en el más veterano de su género en España, en un referente estatal de la narración oral y en un punto de encuentro entre generaciones. Abuelos y nietos, alumnado y profesorado, público fiel y nuevos oyentes comparten cada edición el mismo ritual de ver a alguien contando, a alguien escuchando, y entre ambos un puente invisible que se renueva año tras año.

Detrás de aquella primera edición estaba la mirada inquieta de Antonio Lozano. Como la estuvo tres años años antes para hacer posible el Festival del Sur. Encuentro Teatral Tres Continentes. Para hablar del Sur desde el Sur. Era el concejal de Cultura el aquel momento y fue muchas más cosas: escritor, profesor y, ante todo, un humanista convencido de que la cultura debía servir para encontrarnos, para derruir muros, para romper la oscuridad. De que la palabra dicha en voz alta tiene la capacidad de derribar prejuicios, de acercar a los pueblos y de mantener viva la memoria.

Lozano entendía el Atlántico como un espacio de diálogo. Su obra literaria —centrada a menudo en la inmigración, la frontera y la identidad— dialoga con la misma idea que impulsó los festivales, la de que escuchar al otro es un acto político y poético al mismo tiempo.

Como fundador y director durante décadas, defendió que la narración oral no era un entretenimiento menor, sino un arte escénico completo, situado entre la literatura y el teatro. Creó un festival que no solo programaba funciones nocturnas, sino que entraba en colegios, institutos y barrios. Para él, la palabra tenía que circular y arraigar.

Quienes lo conocimos – era además mi amigo-  no podemos dejar de destacar siempre  su coherencia y su pasión contagiosa. Supo tejer redes internacionales cuando aún no era habitual y convirtió a Agüimes en un espacio de referencia para narradores y público de distintos continentes. Su apuesta fue siempre ética además de estética.

Fue una decisión valiente confiar en la palabra desnuda, sin artificios, sin más tecnología que la voz y la escucha. Parecía un gesto contracorriente apostar por el silencio compartido, por el ritmo de la respiración colectiva, por el encuentro íntimo entre quien cuenta y quien escucha. Y lo fue también porque nos lanzamos al ruedo – aquí me incluyo, porque yo era alcalde en aquel momento- cuando la cultura se concentraba solo en las grandes ciudades, apenas teníamos presupuesto para hacerlo y casi ni disponíamos de espacios culturales para acoger la programación.

Tras su fallecimiento en 2019, cada nueva edición es también un eco de su intuición original, la de que contar historias es una manera de resistir al ruido, de recuperar el tiempo compartido, de recordar que venimos de la tradición oral mucho antes que de las pantallas. Que el diálogo con Europa, África y América es el eje sobre el que gira nuestra atlanticidad.

Treinta y cinco años después, el Festival de Narración Oral de Agüimes es memoria y no solo una programación cultural. Y en el centro de esa memoria permanece la figura de Antonio Lozano, como quien encendió una lámpara que otros siguen cuidando.

Porque mientras haya alguien dispuesto a escuchar, la palabra seguirá encontrando su lugar. La palabra como puente invisible que une orillas que no se tocan. Porque antes de los mapas y las fronteras, fue la voz la que trazó caminos. Contar es un acto de hospitalidad, es abrir la puerta de la propia experiencia para que otro la habite. Cada historia compartida reduce la distancia entre desconocidos, porque en el relato descubrimos que el dolor, la esperanza y el amor tienen acentos distintos, pero un mismo latido.

La palabra no solo nombra el mundo sino lo crea en común. Cuando un pueblo escucha al otro, deja de verlo como extraño y empieza a reconocerlo como espejo. Narrar es tender la mano; escuchar es aceptarla. Y en ese gesto sencillo se funda la posibilidad de convivir. Y la convivencia hoy está amenazada por la peste negra que se expande por el planeta quebrando los derechos humanos, el derecho internacional y los cimientos de la democracia.

Para resistir a la barbarie “nos queda la palabra”, como cantó Celaya. Porque nos permite preservar la memoria y la dignidad. Porque nos abre camino para denunciar la injusticia y convocar a la comunidad para combatirla. Porque mientras haya alguien dispuesto a hablar y alguien dispuesto a escuchar, existe la posibilidad de cambiar las cosas y con ello abrigar la esperanza de un futuro mejor. 

Por eso, en Agüimes, la palabra sigue tomando las casas, las calles, las plazas, las aulas y los escenarios cada año.

La inmensidad isleña

El viernes pasado celebramos el ciento trece aniversario del Cabildo de Gran Canaria homenajeando a personas e instituciones de referencia para Gran Canaria. En mi intervención hablé de la isla, de su inmensidad, de su historia y el camino a seguir.  Estas fueron mis palabras.

Hay lugares donde se respira el aliento de los siglos, donde cada paso parece seguir la huella invisible del tiempo. Lo sentí hace unos meses al ascender al Roque Bentayga, alcanzando el almogarén apenas unos minutos antes de que el sol surgiera sobre las nubes que trepaban la Caldera de Tejeda en aquella primera mañana de otoño.

Cuando la luz tocó el marcador solar, volvió a anunciar el comienzo de una nueva estación. Allí, donde la antigua sociedad grancanaria miraba al cielo para comprender el ciclo de la vida, asistimos a un ritual silencioso que atraviesa el tiempo. En los rostros presentes se adivinaba una emoción compartida: el sentimiento profundo de pertenecer a un mismo relato. Descendimos con más de mil años de memoria en la mochila. No pesaba. Era un legado: una brújula interior que tiende un puente entre pasado y presente y nos recuerda nuestro lugar en la tierra. En la isla.

Sí, en la isla. Me pregunto ahora en voz alta ante ustedes. ¿Qué es la isla, nuestra isla? ¿Qué es en realidad este territorio que habitamos? ¿Qué ocultan sus profundidades? La insularidad es un canario en permanente vuelo entre el límite que marca la orilla y el infinito que se adivina en el horizonte. Somos principio y final, la difusa frontera allá donde se tocan la cumbre y el cielo. Somos la orchilla en el acantilado, ensalitrada y mecida por vientos llegados de los cuatro puntos cardinales.

Esta noche quiero redescubrir con ustedes una isla, nuestra isla, contemplándola desde diferentes ángulos y miradas. Les invito a visitar espacios comunes que nos permitirán conquistar nuestra memoria y nuestro porvenir. Veremos que Gran Canaria, la isla de nuestras vidas, es un lugar, pero ante todo una herencia, una idea, un propósito común, un refugio atlántico contra los naufragios de la ética y la convivencia que, por desgracia, vemos producirse en tantos sitios.

Arropados por acantilados que nos protegen, mecidos por orillas que nos abrazan, unidos por barrancos que nos identifican, ha crecido una sociedad plural, creativa, resiliente, tolerante y laboriosa que se ha constituido como sujeto colectivo con conciencia, sentido de pertenencia y gestora de derechos propios de una sociedad democrática avanzada.

La realidad física de la isla nos define. Quiero rescatar la observación del poeta y ensayista Andrés Sánchez Robayna, quien señaló que “la isla no separa ni recluye”, sino que “singulariza”. Lo vemos a diario en el carácter de nuestra gente, en su mirada amplia e integradora, y en la prodigiosa trapera de paisajes y naturaleza que recubre Gran Canaria.

La isla se nos muestra con múltiples y cambiantes rostros. A veces es el manto de nubes que cubre a media mañana Hondo de Fagagesto mientras cae la lluvia de este invierno. Pero en pocos minutos, el sol, hasta entonces disimulado en la bruma, como un niño escondido, rasga el velo e impone la claridad. Esa luz es la misma luz que se refleja en los charcos de la costa, convertidos en espejos.

En otras ocasiones, la isla nos enseña las cicatrices de nacimiento que dejaron los diques de lava en su semblante pétreo. O nos anima a penetrar en Inagua para ver, o al menos adivinar, el aleteo azul del pinzón, antes de encender el atardecer y descansar sobre las dunas.

Gran Canaria es el lienzo donde generaciones sucesivas han ido trazando una cultura propia, nacida de la resistencia, la unión y la capacidad de convertir los sueños en oportunidades. La condición insular ha moldeado nuestra forma de estar en el mundo: sabemos que implica retos, pero también nos ha enseñado a adaptarnos a los cambios, preparados tanto para la calma como para los temporales, dejándonos contagiar por la inmensidad del mar, “esa remota voz humana”, como lo describió Alonso Quesada.

A lo largo de su historia, la isla ha sido un territorio abierto a lo inesperado y a lo nuevo. Mirar el camino recorrido nos recuerda que las páginas que hemos escrito juntos nos dan la fuerza para seguir imaginando y construyendo el futuro común.

Como el Atlante, moldeado con la lava de La Isleta,  que simboliza la isla —forjado entre fuego y mar— Gran Canaria asume su condición de litoral y frontera con orgullo, defendiendo su voz y su singularidad frente a cualquier intento de relegarla o silenciarla.

Esta isla nuestra, además, encarna un llamamiento a la diversidad y a la ruptura de las barreras físicas y mentales, y evoca igualmente el rechazo a la discriminación y el uso de la violencia.  Por eso alzamos también nuestra voz clamando por el no a la guerra y el respeto a la legalidad internacional, a los derechos humanos. Los intereses nunca pueden estar por encima de los valores.

Existen decenas de miles de islas en el mundo… Algunas son meros nidos de gaviotas o cormoranes. Entre las islas habitadas, cada una posee su carácter propio. Y algunas de ellas sobresalen como paradigmas de comunidades insulares que han sido capaces de protagonizar una apasionante aventura social y cultural. Es, por supuesto, el caso de Gran Canaria.

Es así porque conocemos pronto la inmensidad y, con la humildad del que se sabe una parte del todo, deseamos y necesitamos ir siempre un paso más allá. En ese proceso, desarrollamos nuestra personalidad isleña, fraguada al calor de nuestra condición de cruce de caminos entre continentes y visiones de la realidad.

Somos lo que hemos labrado durante siglos porque nunca nos hemos resignado. Y así siglo tras siglo. En cada momento respondiendo al reto que tocaba y podíamos alcanzar. Porque siempre hemos sabido combinar sabiamente realismo y utopía. Y hoy muchos nos miran con un punto de admiración porque entre las brumas y la incertidumbre de una situación mundial incierta, estamos sabiendo ganar con unidad y esfuerzo las condiciones para que nuestras hijas y nietos puedan disfrutar del siglo XXI en la isla que nos crio.

Si se evaporara el mar, quedaría la sal. Si se desvaneciera el tiempo, permanecería la cultura. La huella. El legado del que les hablaba al principio de este sendero de palabras. Su influjo nos llega a bordo de naves cargadas de significado que arriban al presente con un mensaje que resuena en nuestro interior.

Seguimos adelante porque tenemos un horizonte, pero sobre todo un punto de partida. La isla es una pirámide de memoria. Es un cofre, una llave, una emoción y a la vez una enorme responsabilidad. Porque el legado no es un ancla. Es una vela que propulsa. Y un mapa. Y de los más fiables, por cierto.

No debemos dejarnos abrumar por el peso de la herencia que deposita la isla en nuestras manos. Pero sí es preciso responsabilizarse y pensar en qué huella queremos dejar en esta senda las personas, entidades e instituciones de la actualidad, además de su impacto en el entorno y en las generaciones venideras.

Y también enfrentarnos a quienes quieren emborronar este noble rastro con el egoísmo, la mentira y la mentalidad totalitaria, a veces incluso ocupando un lugar en ámbitos democráticos que aspiran a destruir desde dentro. Son el Caballo de Troya del totalitarismo del siglo XXI, la carcoma en la casa común. Ante su avance, se impone la alianza sin fisuras de los que defendemos los principios de la democracia, los derechos humanos y  el derecho internacional. Y esta isla siempre ha sido, firmemente, un territorio de paz.

En este punto, la isla, su legado y su empuje salen de nuevo en nuestra ayuda. Y les quiero explicar por qué lo siento así. Hemos convenido en que una isla es mucho más que un territorio que emerge sobre las aguas. Una isla es una manera de ser. Un ayer y un mañana. Una comunidad de mujeres y hombres aliados y aliadas en un propósito. Y es una realidad que toma cuerpo a través de las personas que la habitan y la expanden.

En este sentido, Gran Canaria ha tenido y tiene la fortuna de contar con hombres y mujeres que se elevan como un faro en la costa, sobre todo cuando reinan la bruma y la incertidumbre. Y ahí los vemos siempre, en cabeza del grupo, portando la antorcha de la sabiduría.

Es el caso de Manolo Millares, que quiso “injertar el espíritu antiguo en el espíritu nuevo”, según expresó él mismo. El pintor ejerció de bisagra entre la identidad insular y la vanguardia artística internacional. Las arpilleras reivindican la memoria, las primeras cuevas habitadas, la entraña. Y son por otro lado el grito mudo, el desgarro, la representación del dolor humano. Oigo también una llamada a cuidar, a calmar, a la ayuda al prójimo que debe resonar con fuerza en toda acción pública.

Millares fue una ínsula sublime, a la vez universal y profundamente isleña. En el mismo hombre del que conmemoramos este año el centenario de su nacimiento, encontramos la invocación del humanismo, el inconformismo y la denuncia social. Es una clase de ser insular que nos emociona y nos interpela con su ejemplo a la acción y la resistencia.

Nos enseñó, en definitiva, que un árbol necesita principios y raíces sólidas para sostenerse, ramificarse y propiciar la vida a su alrededor. Es una lección especialmente válida para la isla y sus retos. Estas muestras de entereza brotan con naturalidad entre nuestra población, entre los hombres y mujeres que se labran un porvenir en la isla con una entrega diaria que debe ser acompañada por el conjunto de las instituciones y de la sociedad civil.

Pienso en quienes cuidan, estudian, arriesgan, inventan o crean. En aquellos y aquellas que labran, abren la zanja en la obra, pastorean, enseñan, vigilan o salen a faenar, como el pescador que “estaba leyendo el movimiento del mar, el vuelo de las gaviotas, la fuga de los celajes, y era leído por la naturaleza que lo respiraba”, pues así lo describió tras una conversación con él en Tinoca el gran pensador de la insularidad, Eugenio Padorno.

Hoy, igual que hacían nuestros antepasados y antepasadas, buscamos señales que nos orienten. Han de ser signos claros, que se eleven por encima del interés particular, aceptados por todos y todas. En este caso, esas señales no se encuentran en el cielo. Están mucho más cerca, en el firmamento cotidiano de la isla. Y están aquí sentados y sentadas esta noche para recibir los Honores y Distinciones del Cabildo de Gran Canaria en el 113 Aniversario del Gobierno de la isla.

Ustedes habitan la isla y al mismo tiempo habita en ustedes esa isla que se expande y que no se conforma; y que tampoco tolera la desidia o la injusticia. Estos reconocimientos representan el agradecimiento de una comunidad que observa, valora y agradece. Y lanzan un mensaje diáfano al conjunto de Gran Canaria: el esfuerzo, la integridad, la dedicación y la generosidad importan y marcan el rumbo.

Para el Cabildo, estos reconocimientos suponen una manera más de evidenciar su papel ante la sociedad a la que sirve y que le otorga sentido. Han pasado 113 años desde que los 25 vocales electos del primer Cabildo de Gran Canaria se reunieran en asamblea. Fue un domingo de marzo de 1913, a las tres de la tarde, en una sesión constituyente que liberó un aliento largamente contenido y que respiraba al fin a través de aquellos representantes públicos. Somos herederos de aquel instante y de la energía social que se desató entonces, la cual cambió el curso de la isla al dotarla de autonomía, de voz propia y de un elemento capaz de aunar voluntades.

Agradezco a todas las personas y entidades reconocidas esta noche la enorme contribución que han aportado al progreso de Gran Canaria. Pero sobre todo por la ejemplaridad y referencia colectiva que suponen. En tiempos de individualismo y de desintegración de valores humanos imprescindibles sus biografías nos permiten recuperar la esperanza y la confianza en que esta tierra siempre será espacio de concordia y fraternidad.

Aquella primera corporación insular emergió de las inquietudes de la sociedad grancanaria. Lo hizo para dar respuesta a las necesidades y expectativas de una isla que había dado un paso al frente en todos los aspectos y que clamaba por tomar el timón de su destino.

En estos momentos, la implantación de un modelo de desarrollo sostenible donde convivan el progreso, el bienestar, el cuidado de las personas, la preservación del territorio y los recursos naturales, la defensa de los derechos de la isla frente a las tentaciones de olvido, así como de su identidad, continúan siendo ejes de la misión del Gobierno insular.

Hoy, no nos engañemos, las señales que nos llegan del exterior no son buenas y,  más que nunca en las últimas décadas, es la hora exacta de la soberanía insular, la diversificación, los valores democráticos y la unidad. Son, precisamente, los principales estandartes del Cabildo en la última década.

Las islas son laboratorios extraordinarios, pero también ecosistemas sociales y económicos frágiles ante las marejadas del contexto internacional. El Cabildo ha afianzado sus políticas vinculadas a las soberanías hídrica, energética y alimentaria, muchas de ellas pioneras en el archipiélago, España y Europa. Esta herramienta se revela especialmente urgente y necesaria para contar con asideros en el suelo movedizo en el que se ha convertido el planeta a causa del despotismo y la avaricia.

Y la sostenibilidad incluye el respeto a los derechos y a las necesidades de nuestra gente más vulnerable. Empleamos toda la energía que contagia nuestra naturaleza para reducir desigualdades, para igualar oportunidades a quienes no las tienen desde la cuna, para garantizar el ejercicio efectivo de derechos y evitar la exclusión a quienes viven en ese riesgo. La isla que construimos entre todas y todos tiene un espacio reservado para cuidar más a quienes más lo necesitan.

Gran Canaria se ha erigido igualmente en una bahía propicia para el consenso y el encuentro entre culturas y puntos de vista. Es un puente sobre el abismo. Y esto cobra especial relevancia cuando contemplamos cómo se dinamitan las vías de diálogo y las libertades tropiezan con escolleras de intransigencia y regresión. Nuestra cultura es la del encuentro y el abrazo entre los pueblos. Mientras esto no ocurra, toca resistir y hacer que siga ondeando nuestra bandera de inclusión, libertad e ilustración en medio del Atlántico.

El final de 2025 y el comienzo de 2026 han estado marcados por la lluvia, por la entrada de agua en las presas, por el correr del agua, que suena como el feliz cantar de una parranda que sale a tocar en contadas ocasiones. La escorrentía trae hasta aquí unos versos de Pino Ojeda, en los que hacía referencia a “un solo agua, un solo cauce”. Por esa extraña hermandad de las alturas, guardo también en la memoria un dicho de Azerbayán, país donde se celebró la reunión de la Unesco que declaró Patrimonio Mundial la cumbre de Gran Canaria. “Si las manos se unen, moverán montañas”, afirma.

No es casualidad que lo citemos aquí y ahora, porque la confluencia de sectores sociales y empresariales con el Cabildo en los últimos diez años ha sido fundamental para avanzar y disponer de bases sólidas para lo que está por venir. Hemos de escuchar a Josefina de la Torre, que nos alienta a mantenernos vivos de espíritu y a continuar siendo “el viento en el agua”.

El trayecto nos ha llevado del Bentayga, en la borrosa divisoria entre la tierra todavía firme y el cosmos, a la costa, la región donde algunos ven una lucha entre la mar y la isla, pero donde preferimos imaginar un encuentro. Hemos atravesado las dificultades, pero nos quedamos con la esperanza basada en nuestra voluntad y en el pacto social.

Las nubes sobre las que se tuvo que ‘alongar’ el sol en el último equinoccio fueron, efectivamente, la avanzadilla de una buena temporada de lluvias. Y el legado, condensado en el tiempo, cae también como un rocío sobre el presente, regando las tierras de Gran Canaria con una esperanza que siempre ha encontrado en esta isla la manera de elevarse y vencer a la oscuridad.

Me quedo por tanto aferrado a esa confianza, cimentada en una poderosa historia colectiva y en la unidad de toda una isla alrededor de un proyecto común. Para este Cabildo, son las únicas señales que indican el camino a seguir.

La quiebra del registro de buques (REBECA)

ONEPORT, como Federación de Operadores Logísticos y Servicios Portuarios en los puertos de Las Palmas,  se ha convertido en una voz firme en la defensa de los intereses de las pymes portuarias y el  desarrollo  del Puerto de la Luz y de Las Palmas. Hace unos días, su presidente, José Mayor, lanzaba, en el Colegio de Economistas, un mensaje preocupante: el Registro Especial de Buques y Empresas Navieras de Canarias (REBECA) decae de manera precipitada y sin visos de solución. Se trata, sin duda, de una afirmación sostenida en datos fehacientes  altamente preocupante.

REBECA nació con una ambición clara: convertir a las islas en un polo estratégico de la marina mercante española, capaz de competir en igualdad de condiciones con otros registros europeos que ya habían entendido la lógica de la globalización marítima. Integrado dentro del Régimen Económico y Fiscal (REF) de Canarias,  ofrecía ventajas fiscales y laborales específicas para atraer a los armadores y consolidar la presencia de flotas bajo pabellón español. Durante años, funcionó como una herramienta eficaz para mantener buques vinculados a empresas españolas navegando con bandera nacional, reforzando la posición de España en el tráfico internacional y consolidando el papel del Puerto de La Luz y de Las Palmas como enclave logístico de primer orden en el Atlántico medio.   

El Registro, que llegó a superar los 300 inscritos, se encuentra hoy en mínimos – apenas acoge a 84 barcos- y languidece sin atisbos de mejoría o liderazgo. Las críticas del sector no se centran únicamente en la pérdida progresiva de buques inscritos, sino en una situación que califican directamente de “colapso administrativo”. La falta de personal especializado, los retrasos en la tramitación de expedientes, la concatenación de inspecciones por diversas entidades públicas y la ausencia de una estrategia clara de modernización han generado un clima de incertidumbre entre las navieras. En un mercado global en el que las decisiones se toman con criterios de eficiencia extrema, cualquier demora burocrática se traduce en costes adicionales y en pérdida de competitividad. Y en ese terreno, el margen de tolerancia es mínimo.  Está claro que en nuestro puerto no se ha sabido entender su papel en la internacionalización de servicios. Los registros de buques actúan como herramientas de captación de activos en base a conjuntos claros de prestaciones, entre las que se encuentran la cobertura legal y la certidumbre de pertenecer a un pabellón seguro, estable, pero también ágil  y eficiente.  

El Puerto de La Luz y de Las Palmas, históricamente uno de los grandes activos del sistema portuario español, sufre de manera clara esta situación. Aunque su actividad en materia de suministro de combustible, reparaciones navales y servicios auxiliares continúa siendo intensa, la pérdida de peso del registro especial erosiona su dimensión estratégica. No se trata solo de cuántos buques hacen escala, sino de cuántos están jurídicamente vinculados al puerto a través del pabellón y del registro. La diferencia es relevante: cuando un barco está inscrito en el REBECA, existe un compromiso más profundo con el entorno institucional, laboral y empresarial del archipiélago. Cuando ese mismo buque opta por otro registro, la relación se vuelve más transaccional y menos estructural.

En paralelo, otros registros europeos, como Chipre, Malta o Madeira han avanzado con rapidez y pragmatismo. El caso más claro es el del Registro Internacional de Buques de Madeira (MAR), en Portugal: ha logrado posicionarse entre los más importantes de Europa gracias a una combinación de agilidad administrativa, estabilidad normativa y un marco fiscal atractivo dentro de los límites permitidos por la Unión Europea. Para muchos armadores, Madeira ofrece hoy una alternativa eficiente, con procedimientos más rápidos y una percepción de mayor flexibilidad operativa. Se trata de una competencia real mejor gestionada. Es, además, un caso paradigmático: con menos recursos y capacidades operacionales, Madeira y su registro MAR son capaces de crear servicios anexos y competir a escala global. Su éxito es, además, prueba de que los armadores europeos creen en el registro bajo pabellón europeo y con las reglas de juego que nos marcamos desde Europa (legalidad, estabilidad, derecho laboral) pero aplicando la mayor diligencia posible en la resolución de expedientes y la gestión del pabellón.

La consecuencia de este desplazamiento es clara: buques controlados por intereses empresariales españoles, o que tradicionalmente hubieran optado por el REBECA, terminan inscribiéndose bajo pabellón portugués a través de Madeira. Desde el punto de vista formal, continúan siendo europeos y operan dentro del mismo mercado comunitario, pero desde la perspectiva de la política marítima nacional, la pérdida es significativa. Cada barco que abandona el registro grancanario reduce el tonelaje bajo bandera española y debilita la posición del país en los foros internacionales donde el peso de la flota mercante cuenta como indicador de influencia.

El debate no es únicamente económico, es también estratégico. En un contexto geopolítico cada vez más incierto, las naciones con vocación marítima valoran la importancia de mantener una flota propia robusta. No se trata de pensar en esquemas proteccionistas, sino de reconocer que el transporte marítimo es un sector clave para la seguridad del suministro, la proyección exterior y la autonomía estratégica. España, con casi 8.000 kilómetros de costa y una ubicación privilegiada entre el Mediterráneo y el Atlántico, no puede permitirse una erosión continuada de su pabellón sin asumir consecuencias a medio plazo.

Recuerden mi insistencia en las últimas semanas, en distintos artículos,  en la necesidad de afrontar el reto de posicionarnos con efectividad sobre la “visión atlántica» de Marruecos y su desarrollo portuario en el Atlántico Oriental, con una red de puertos que  pasa por Nador, Tánger, Agadir y Dajla. Y parece que a algunos y alguna no les ha gustado.

El sector empresarial, como el que representa ONEPORT, insiste en que la solución no pasa por medidas simbólicas, sino por reformas estructurales. Modernizar el REBECA implica dotarlo de recursos humanos suficientes, digitalizar procedimientos, reducir plazos y ofrecer seguridad jurídica estable. También supone revisar determinados aspectos laborales y fiscales para garantizar que el diferencial competitivo vuelva a ser atractivo frente a registros como el de Madeira. Esto significa que tenemos que  permanecer vigilantes, activos y dispuestos a que nuestro desempeño no dependa exclusivamente de los acontecimientos mundiales, casi siempre dramáticos (cierre de Suez, guerra de Irán).

La responsabilidad, en todo caso, no recae exclusivamente en la administración central. El Puerto de La Luz y de Las Palmas dispone de una comunidad marítima consolidada, con experiencia en tráficos internacionales, en servicios offshore y en operaciones de tránsito intercontinental. Convertir esa fortaleza en un argumento de atracción para el registro exige coordinación institucional, promoción exterior y una narrativa clara sobre las ventajas de operar bajo el paraguas del REBECA.

Hay también un componente reputacional en juego. Cuando se instala la percepción de que un registro “no funciona” o que está desatendido, el efecto puede multiplicarse rápidamente. Los armadores se mueven por referencias, por experiencias compartidas y por comparaciones constantes entre jurisdicciones. Recuperar la confianza requiere no solo corregir las deficiencias objetivas, sino comunicar de forma eficaz los cambios introducidos y demostrar, con hechos, que los tiempos de respuesta y la calidad del servicio han mejorado. En última instancia, la cuestión del REBECA es un síntoma de un desafío mayor: cómo adaptar las políticas marítimas nacionales a un entorno globalizado en el que la competencia entre registros es intensa y permanente. El éxito no depende únicamente de ofrecer ventajas fiscales, sino de construir un marco integral que combine eficiencia administrativa, estabilidad normativa, calidad técnica y apoyo institucional.

La encrucijada actual puede interpretarse, por tanto, como una oportunidad. Si se abordan las reformas necesarias con determinación y visión estratégica, el REBECA podría recuperar parte del terreno perdido y reforzar el papel del Puerto de La Luz y de Las Palmas como eje atlántico de la marina mercante española. Si, por el contrario, se prolonga la inercia y no se corrigen las debilidades detectadas, la tendencia hacia registros alternativos como Madeira podría consolidarse y hacerse estructural.

El mar no espera. En el transporte marítimo global, las rutas se optimizan, las flotas se reestructuran y los registros compiten a velocidad constante. Las divisas marítimas que nunca pierden valor son la eficiencia y la reputación. Canarias, por su posición geográfica y su tradición portuaria, tiene todo para seguir siendo un actor relevante. Pero mantener esa relevancia exige actualizar herramientas como el REBECA y devolverles la agilidad y la ambición con las que fueron concebidas.

Honores para la Universidad Pública

En las últimas semanas se ha producido en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) un debate legítimo sobre la concesión del título de doctora “honoris causa” a Sofía de Grecia, la reina emérita española. No quiero que la valoración por mi parte de esa decisión nos distraiga de lo que pretendo plantear en este artículo. Sí quiero destacar el mensaje positivo que transmite el que 57 profesoras y profesores firmantes de una carta crítica trasladen a la ciudadanía su opinión contraria y expresen así su inquietud e interés por  asuntos que afectan a nuestra universidad pública.

Este manifiesto firmado por más de medio centenar de profesores refleja un malestar en el corazón de una institución que vive, como tantas otras en España, un momento de dificultad estructural. He manifestado en los últimos meses mi preocupación por el debilitamiento de la financiación de las universidades públicas canarias, la limitación de sus potencialidades investigadoras y la aprobación de una Ley de Consejos Sociales que las ha obligado a acudir al Constitucional.

Aplaudo el espíritu crítico del profesorado, pero deseo fervientemente que esta reacción reavive el compromiso de toda la comunidad universitaria con el objetivo de combatir las políticas neoconservadoras que están ahogando a las universidades, que son las que hacen posible que la educación sea la auténtica impulsora de la igualdad en el acceso a los estudios superiores en esta tierra.

La discrepancia no debe convertirse en una discusión estéril sobre honores, sino en una oportunidad para poner sobre la mesa una cuestión central: la universidad pública española atraviesa una crisis profunda que va mucho más allá de un reconocimiento académico. No es solo una cuestión de Canarias, es una realidad que afecta a todo el Estado y pone en riesgo la igualdad de oportunidades, la investigación de calidad y la propia cohesión social de nuestra sociedad.

La comunidad académica lleva años alertando de que la financiación estructural de las universidades públicas es insuficiente, de que las infraestructuras presentan deterioro, de que la valoración del profesorado no está a la altura de su contribución y de que cada vez es más difícil competir con universidades privadas que acumulan un número mayor de recursos. Esta tendencia no responde a una casualidad, sino a decisiones políticas que han dejado de ver a la universidad pública como un proyecto de país y la han tratado como un presupuesto más a ajustar.

Un ejemplo claro y reciente de esta deriva se encuentra en la Universidad Complutense de Madrid, la principal universidad pública de España. Ante una situación de déficit acumulado —superior a 33 millones de euros en el último ejercicio— la Complutense se ha visto obligada a aprobar un plan de recortes para el periodo 2025-2028 que incluye ajustes presupuestarios drásticos que impactan directamente en la calidad académica y de la vida universitaria, como la reducción de materias optativas, la restricción de contratación docente, la supresión de plazas por jubilación sin reposición y la contención de inversiones en investigación y servicios básicos. Estas medidas, aprobadas por el propio Consejo de Gobierno, reflejan la asfixia financiera que sufre la institución tras años de infrafinanciación crónica por parte de la Comunidad de Madrid, lo que  la ha obligado, incluso, a solicitar préstamos para poder pagar salarios y mantener el funcionamiento ordinario del centro.

Estas decisiones no solo repercuten en el profesorado y el alumnado de la Complutense, sino que ilustran una tendencia preocupante: cuando una universidad pública ve limitadas sus posibilidades de ofrecer una enseñanza amplia, diversa y crítica, no solo se debilita su estructura, también se restringen las oportunidades de miles de jóvenes, especialmente de aquellos y aquellas  que no pueden permitirse estudiar en la universidad privada. Este no es un fenómeno aislado de Madrid: es parte de una política más amplia que, bajo la apariencia de ajustes económicos, va erosionando la función social de la educación superior pública.

En la Comunidad de Madrid, los estudiantes, docentes y sindicatos han levantado la voz en defensa de sus universidades públicas. Las protestas y amenazas de movilizaciones no son simples expresiones de disconformidad pasajera, sino respuestas a un modelo que ha convertido la educación universitaria, que debe ser accesible para todos y todas, en un bien cada vez más difícil de sostener desde lo público..

Esto no debe confundirnos: no estamos hablando únicamente de problemas de gestión o de déficit contable. Estamos hablando de un modelo de sociedad donde la educación superior, en lugar de construirse como un derecho colectivo, se concibe cada vez más como un privilegio susceptible de someterse a las leyes del mercado. En ese modelo, las universidades públicas quedan relegadas, con menos recursos, menos oferta académica y menos capacidad de formar a las generaciones que España necesita para afrontar los retos del presente y del futuro.

La crisis de la Complutense también pone de manifiesto algo más profundo: la falta de un marco de financiación plurianual, estable, digno, suficiente y acorde a las necesidades reales de las instituciones públicas. Sin esa estabilidad, las universidades quedan expuestas a fluctuaciones políticas y presupuestarias que dificultan la planificación a largo plazo, la consolidación de proyectos de investigación y la renovación de infraestructuras. No se trata de gastar más por gastar, sino de asegurar que la universidad pública pueda cumplir con su misión sin depender de préstamos o ajustes que ponen en riesgo su viabilidad académica y social.

Poner el foco en la universidad pública —sus problemas, su valor y su futuro— es poner el foco en el propio futuro de nuestra sociedad. Instituciones como la ULPGC, la ULL o la Complutense, no son entes aislados: son centros de creación de conocimiento, de desarrollo humano y de justicia social. Debilitar la universidad pública equivale a debilitar la igualdad de oportunidades, la investigación orientada al bien común y la capacidad de un país para pensar críticamente y avanzar hacia mejores condiciones de vida para todas y todos.

Está bien celebrar o cuestionar honores aislados, pero, fundamentalmente, debemos apoyar ideas, debate, conocimiento y compromiso con lo público. El Cabildo de Gran Canaria apoya que la universidad sea un espacio de libertad, reflexión crítica y transformación social. Por eso, animo a quienes han levantado la voz dentro de la comunidad académica a permanecer unidos y movilizados para señalar con claridad lo que está en juego: la calidad y el futuro de la universidad pública en España. Les animo a ellos a ellas, pero también, al resto del profesorado, al alumnado, al personal de administración y servicios, a la sociedad civil y a los gobiernos locales.

La defensa de la universidad pública no es una batalla sectorial, sino una apuesta por un proyecto de país más justo, equitativo y sostenible. No podemos generar posibilidades reales de futuro para las generaciones venideras si no garantizamos que la educación superior cumpla su misión esencial: formar personas, generar conocimiento y fortalecer nuestra sociedad frente a los desafíos del siglo XXI.