Esta semana hemos homenajeado a las personas que siendo trabajadores y trabajadoras del cabildo, fueron represaliadas por la dictadura franquista por manifestarse leales al gobierno legítimo de la República. Era una deuda mantenida durante décadas que afortunadamente hemos podido saldar. Nos vimos arropados fundamentalmente por sus familias. Las ausencias pueden señalar un síntoma de la involución que estamos viviendo.
Desde la institución hemos querido restaurar con este acto la dignidad que pretendieron arrebatar a quienes formaron parte de su personal y fueron víctimas de la injusta e inhumana represión que se impuso desde el comienzo de la Guerra Civil española. Asesinatos, encarcelamientos, despidos o exilios, formaron parte de la extensión del terror que se implantó por parte de los sublevados y la posterior dictadura impuesta con la fuerza de las armas. Sin duda, se trata de la página más execrable de la historia del Cabildo de Gran Canaria, recordada desde ahora con una placa blanca, inmaculada, con los nombres de 22 hombres y mujeres a quienes se aplicó la Ley 1939-02-10, en la que se fijaba normas “para la depuración de funcionarios públicos”.
Los pasillos de la sede del cabildo cuentan la historia del último siglo de la isla a través de los retratos expuestos en sus paredes. Son los rostros de quienes han liderado los retos y los logros de la institución desde su creación. El cabildo ha sido y es el gobierno de la isla y durante sus 112 años de historia ha servido para consolidar un modelo en los servicios, infraestructuras y equipamientos, en la sociedad y en la identidad isleña.
El impulso que el cabildo ha aportado al progreso de Gran Canaria es indisociable de la labor ingente y rigurosa de los miles de mujeres y hombres que han trabajado para esta institución durante más de un siglo. Ha sido compartido por las distintas corporaciones democráticas que han ostentado la representación ciudadana. En esta historia faltaba el recuerdo y la memoria de quienes injustamente fueron despojados de sus derechos sin más razón que pensar distinto de quienes se hicieron con el poder a través de un golpe de estado antidemocrático.
Esta corporación, por fin, ha cumplido con el acuerdo aprobado en el mandato anterior de reconocer y recordar la injusticia cometida. Hemos realizado un acto de justicia, de reparación y de compromiso democrático. Estamos corrigiendo un hecho del pasado, pero con una enorme trascendencia en el presente y para el futuro.
Desgraciadamente aquellos fantasmas y aquellos poderes no han desaparecido como sería deseable. Y este acto debe ser al mismo tiempo una llamada de atención para que todas y todos los demócratas estemos alerta y unidos en la defensa de los valores de la libertad, la igualdad, la tolerancia y el pluralismo.
Hace 89 años, se desató una de las etapas más dolorosas de nuestra historia. En febrero de 1936, tras las elecciones democráticas ganadas por el Frente Popular, se inicia la preparación de la sublevación contra el gobierno constituido. El papel de Gran Canaria fue singular, ya que aquí estuvo el general Franco, uno de los artífices de la sublevación militar contra el Gobierno, quien aprovechó el fallecimiento en extrañas circunstancias del general Balmes (militar leal a la República) para desplazarse al continente africano e iniciar el golpe de estado.
Gran Canaria fue la hora cero de la sublevación. Y eso supuso que desde el primer momento sufriera las persecuciones, la represión y las represalias contra quienes no aceptaban un levantamiento militar contra las instituciones democráticas. Las primeras víctimas fueron los militares y cargos públicos leales al Gobierno de España, así como los militantes de partidos o sindicatos, republicanos o de izquierdas. Pero no quedó ahí el proceso de persecución y represión sobre aquellos que no aceptaban las imposiciones políticas, religiosas y militares que dejaron la huella de una dictadura que se prolongó durante casi 40 años.
También se perseguiría de forma sistemática y despiadada al colectivo docente, siendo “depuradas” ilustres figuras de nuestra cultura y nuestra ciencia para acabar con un un modelo de enseñanza progresista y avanzada.
El cabildo, creado tan solo 23 años antes, sería una de las instituciones que más sufrió los procesos de depuración y represión. Una parte significada de su personal se vio abocada al exilio, a procesos de depuración y de terror o arrojadas a la Marfea o a la sima de Jinámar.
Esta página dramática de nuestra historia ha podido ser conocida gracias al estudio iniciado tras el acuerdo plenario de la corporación insular del 28 de mayo de 2021, por el que se encargó la creación de una comisión para recabar la información sobre las posibles represalias contra empleados y empleadas del cabildo por parte de los sublevados.
Agradezco el trabajo valioso que realizó la comisión bajo la coordinación de la exconsejera Sara Ramírez con la participación de las también consejeras Inés Miranda y Olaia Morán. Contaron con la colaboración insustituible de Pino Sánchez Bogatell y de Míchel Jorge Millares. Desgraciadamente Pino falleció prematuramente cuando casi se habían finalizado los trabajos. Igualmente agradezco el trabajo del personal de archivos del cabildo que se implicó para facilitar una exhaustiva documentación de los procedimientos abiertos al personal castigado. También contamos con la colaboración del experto en historia contemporánea Sergio Millares Cantero, quien cotejó los datos del listado elaborado con los trabajos sobre asesinados, huidos y perseguidos en la isla.
La colocación de una placa en la entrada principal de la sede del Gobierno de la isla nos permitirá recordar permanentemente aquellos oscuros años de persecución y represión. Y al mismo tiempo será señal de nuestro compromiso con los valores democráticos, algo que se hace absolutamente necesario en estos momentos de totalitarismos y antidemocracia.
En nuestra voluntad está crear un apartado especial en el archivo documental del cabildo donde pueda reunirse la documentación propia y las donaciones de los familiares de trabajadores y trabajadoras del cabildo afectados por la represión franquista, lo que nos permitirá -también- preparar una exposición en la que podamos poner cara, documentos y vivencias de aquellos hombres y mujeres que trabajaban para nuestra institución y fueron amenazados, expedientados, despedidos o asesinados por sus ideas.
La muerte en unos casos y el dolor padecido por estas personas y por sus familias, fue atroz, injustificado e inhumano. Pero no fue inútil. En su sacrificio están los cimientos del sistema democrático que pudimos recuperar y que hoy defendemos con determinación y convicción.
El mejor homenaje que podemos brindar a las personas represaliadas es nuestro compromiso público de ser militantes de los valores de libertad y democracia por los que ellos sacrificaron nada menos que su vida y su proyección profesional y familiar. Toda nuestra solidaridad con las víctimas y nuestro reconocimiento a sus familiares.
Cincuenta años después de la muerte del dictador, seguimos cerrando las heridas de las injusticias que se produjeron, se silenciaron y -ahora- se pretenden negar o tergiversar. Las investigaciones del Cabildo de Gran Canaria han podido localizar a muchas de las personas que fueron sacadas de sus casa durante la madrugada para terminar en el fondo de los pozos de Arucas o en la Sima de Jinámar. Vamos a seguir trabajando en esa línea.
Quiero terminar subrayando que las actuaciones en materia de memoria histórica persiguen la verdad, la justicia, la reparación y, sobre todo, las garantías de no repetición. Sí, la verdad a base de un trabajo exhaustivo y sistemático de recuperación de evidencias que proyectan claridad sobre unos hechos que fueron una evidente violación de los derechos humanos.
La melancolía es, por sí misma, una sustancia destinada a perderse entre las grietas del tiempo. Cuestión aparte es la memoria. Ella está hecha de otra materia, sobre todo cuando de ella emergen los pilares de la identidad, que nos sirven además como atalaya para divisar el futuro. Y como acicate para avanzar con paso firme hacia el horizonte, respetando el pasado sin repetir sus errores.
La nostalgia navega por los lugares más lejanos e insospechados, aunque en este caso deberían resultarnos cercanos y comprensibles. Lo hace por ejemplo entre los canales de aguas frías y oscuras de uno de los grandes distritos financieros de Londres, el Canary Wharf, el ‘Muelle Canario’, el puerto comercial más transitado del mundo en los albores del siglo XX y cuyo nombre revela la importancia del comercio marítimo entre el Reino Unido y las Islas Canarias, con protagonismo del tomate canario.
La historia, si se olvida, se convierte en ese papel que amarillea olvidado en las hemerotecas, como la fotografía tomada a principios de la pasada centuria en Hamburgo que muestra a un carro de transporte tirado por caballos para proteger los frutos del frío y hacer publicidad del producto: “Tomates canarios: son los mejores”. O como la nota suelta del ejemplar del 28 de febrero de 1885 con la que un comerciante británico afincado en Liverpool subrayaba las bondades del tomate canario ante un público y una sociedad británica que se afanaba en cultivar la hortaliza en jardines y en pequeños invernaderos particulares, con un éxito casi siempre tan exiguo como el sol inglés.
Esta nota está considerada la primera evidencia escrita de la exportación de tomate canario a tierras británicas. Este hecho define el inicio histórico de la gran aventura del tomate canario y de la revolución económica y social que supuso para las islas y muy en particular para Gran Canaria, a día de hoy la isla en la que se produce la mayor parte de las 30.000 toneladas anuales que se cosechan en la comunidad autónoma. Supone diez veces menos que en su apogeo, en los años sesenta. A lo largo de varias décadas, el rojo del tomate tiñó las cifras económicas isleñas. Fue antes de las dificultades y de los números rojos que, por distintas circunstancias, fueron mermando el cultivo, declive simbolizado en crecientes mares de plástico abatidos por el viento y el olvido.
Pero la rama de la memoria es demasiado fuerte y orgullosa para caer al suelo sin más. Y también se mantiene firme la voluntad del sector para seguir adelante. A pesar de todo. He podido comprobarlo este mismo viernes con motivo del 140 Aniversario de la Exportación del Tomate Canario (1885-2025), programa organizado con tanto cariño como acierto y oportunidad por la Federación de Exportadores de Productos Hortofrutícolas de Las Palmas (FEDEX). La visita a los cultivos y almacenes de empaquetado me ha permitido corroborar que el tomate canario se mantiene en pie por sus raíces históricas y porque es un emblema de Gran Canaria. Pero sobre todo por la convicción, el esfuerzo, la voluntad permanente de innovación y de adaptación, y la visión de futuro que demuestran en sus palabras y sus acciones las personas que dan vida al tomate canario en nuestra isla en la actualidad. Todo ello nos hace confiar en el porvenir del tomate canario, especialmente del que se produce en Gran Canaria, y da alas y justifica el apoyo del cabildo a lo que es mucho más que un sector económico. Nos guían la estrategia y la emoción.
Según comprobé también, el tomate canario desprende aún, junto a su característica fragancia, un aroma de recuerdos que resume una parte esencial de nuestro devenir como sociedad moderna. El tomate ejerció de salvador porque llegó en un momento trascendental, cuando se descosían las costuras de la industria de la cochinilla y el fantasma de la emigración masiva sobrevolaba de nuevo los cielos canarios. La arquitectura comercial ideada y desarrollada por los británicos, con el Puerto de La Luz como elemento clave, la implantación de nuevas técnicas de cultivo posteriormente adaptadas y perfeccionadas por la proverbial resiliencia de los agricultores y agricultoras de nuestra tierra y las extraordinarias condiciones climáticas,que hacían posible su producción mientras Europa tiritaba, lo que abría de par en par una amplia ventana comercial, catapultaron el cultivo hasta niveles nunca vistos.
Varias generaciones crecieron entre tomateras, en medio de latadas, socos y cucañas, sorribando las fanegadas de tierras, abriendo surcos, plantando las semillas, arrastrando las malas hierbas, cargando los frutos de las faldiqueras a los ceretos para después trasladarlos a los almacenes de empaquetado… Se vivieron épocas muy duras, de inmigración interior y de otras islas hacia Las Majoreras, Las Puntillas, Montaña de los Vélez, Las Rosas, Cruce de Arinaga, Cruce de Sardina, Doctoral, El Tablero o El Castillo del Romeral. Épocas de condiciones precarias de vida, de cuarterías, de sangre, sudor y lágrimas, de regímenes laborales casi feudales, de luchas sociales que consiguieron democratizar la producción hasta lograr que a los dinámicos empresarios iniciales, primero extranjeros y después canarios, se sumaran, con los años, pequeños y medianos emprendedores locales, en su mayoría hijos de aparceros, que poblaron el paisaje de cooperativas agrícolas pujantes…
El tomate fue un motor de arrastre que lo movilizó prácticamente todo. La escasez de agua alentó las soluciones más ingeniosas, dando un nuevo impulso a la gestión hídrica insular. El sistema de bancales o terrazas escaló el terreno para aprovechar cada palmo. Las cuarterías, según nos recordó el experto de la FEDEX Gustavo Rodríguez, entre otras tantas historias, estadísticas y curiosidades, se convirtieron en núcleos sociales donde se forjó una identidad compartida. Al predominar la mano de obra femenina, fueron espacios de transmisión cultural, donde fructificaba también el sentimiento de pertenencia. Además, el primer gran embajador del archipiélago en el extranjero no vestía con levita: fue el tomate.
Nacer, crecer y desaparecer. Es el duro sino de los monocultivos canarios, aunque el tomate se niega a cumplir con el tercer supuesto. No lo han tenido fácil. La competencia de terceros países como Marruecos -con costes laborales muy inferiores-, el incremento de los costes de producción, los insumos, el transporte y las plagas han chupado gran parte de su savia, aunque la mayor de las calamidades no han sido los insectos, sino los estragos causados en despachos oficiales por la reducción de las ayudas, la falta de planes de auxilio adicionales estatales y canarios y otros desastres naturales y burocráticos que han convertido en papel mojado muchos de los instrumentos y mecanismos para garantizar la viabilidad del sector, corroído por la desidia y la inoperancia.
¿Qué nos queda? Lo dije al principio. Nos queda convertir la nostalgia en memoria y la memoria en futuro. Queda viajar atrás en el tiempo, desempolvar las revistas y los periódicos repletos de anuncios que glosaban las maravillas del tomate canario -el mejor, trotando sobre el adoquinado de Hamburgo, de Londres y de media Europa-. Queda aferrarse a la calidad, al avance tecnológico, a la investigación, a la cooperación entre entidades privadas, cooperativas e instituciones públicas para realzar su valor y apostar decididamente por la calidad como elemento diferenciador en mercados cada vez más competitivos y saturados. Queda presumir de tomate, cuidarlo, fomentarlo y proyectarlo como lo que es: un tesoro culinario y un reflejo de lo mejor que podemos hacer colectivamente como entidad social.
El tomate canario merece hechos, una correspondencia entre las declaraciones y los actos tan auténtica como su sabor. El cabildo, a través de su Consejería Sector Primario, Soberanía Alimentaria y Seguridad Hídrica, tramita el distintivo europeo Indicación Geográfica Protegida Tomate Canario, en una estrategia conjunta con el sector. Uno de los principales objetivos de esta IGP es evitar el fraudulento uso del término “canario” en tomates producidos fuera del archipiélago y así poder valorar adecuadamente un producto que, si bien ha descendido en sus cantidades anuales, tiene potencialidad para estabilizar sus volúmenes de comercialización e incluso diferenciarse de otros por su excelente y acreditada calidad y producción sostenible. Esta iniciativa encaja dentro de nuestra decidida línea de acción insular de defensa del sector primario, de nuestras tradiciones y de la diversificación económica. Desgajar al tomate de Gran Canaria sería prescindir de una parte vital de la isla. Y es perfectamente compatible con el cultivo de otros frutos tropicales para así aprovechar sus canales de comercialización. El interés cada vez mayor por los productos de kilómetro cero, por los mercados agrícolas locales y por experiencias vinculadas a la etnografía en destinos que respeten su historia y su forma de ser y de hacer nos abren ahora otra ventana en la que se transparentan a la vez lo que una vez fuimos y lo que podemos llegar a ser de la mano del tomate canario.
El viernes pasado, 14 de marzo de 2025, el Cabildo de Gran Canaria celebró su 112 aniversario en una gala en la que otorgamos a distintas personas e instituciones los honores y distinciones previstos para reconocer su contribución al desarrollo social y económico de nuestra isla. Quiero compartir con ustedes las palabras con las que me dirigí a ellos y a la ciudadanía que nos acompañaba. Les animo a leerlas como si hubieran estado presentes en el acto.
Quiero invitarles a seguir unos pasos, unas huellas en el camino. No es preciso que se muevan de sus asientos.. Solo les pido que dejen vagar su imaginación, porque esta senda discurre por el territorio de nuestra memoria colectiva.
Avanzamos tras el leve rastro que deja tras ella Juanita, de cuya historia supe hace apenas unos días. Hace más de ochenta años, siendo poco más que una niña, subía cada cierto tiempo hasta la cima de la Montaña de Tauro, en busca de leña buena que bajaba hasta la costa. Vemos cómo se pierde su silueta al descender, entre caminos improvisados y barrancos. Ella, que ahora mismo, a esta hora de la noche, descansa y mece recuerdos en su casa de toda la vida en Los Palmitos, en el barranco de Mogán, hizo Gran Canaria.
Escuchamos ahora un sonido a la vez obstinado e íntimo, porque procede de la matriz de la isla. Es el piquero que cavó la casa-cueva. No muy lejos, llega el eco del labrante en su afán. Y del pico del pocero, también en el seno de la isla, en busca del agua que apague la sed del campo. En la marea, un marinero localiza el bajío, al que dará su nombre y donde abunda la pesca. Ellos hicieron y hacen Gran Canaria.
Oímos el augurio de la cosecha bajando por la acequia. Y al herrero en su fragua, en el instante preciso, porque siempre hay un primer momento, en el que ingenia la solución que buscaba y adapta el cuchillo canario para que incida con mayor precisión en la platanera. Nos envuelve el rumor del ganado, la afinada sinfonía de las cencerras. Es la inmemorial melodía procedente de las sendas de la estirpe trashumante, desde las que divisamos las cuencas del origen y del porvenir. También estas personas hicieron Gran Canaria.
Contemplamos unas manos que se mueven en la penumbra, apenas quebrada por la luz del candil, mientras tejen la lana. Ahora esas manos empaquetan tomates, cuecen gánigos de barro siguiendo las instrucciones no escritas de un manual milenario. Preparan luego el ungüento sanador, completan la arpillera, desgranan el millo y prenden la lumbre. Sí, también estas manos y estas mujeres hicieron Gran Canaria.
Demos un salto temporal, y pensemos en quienes levantan y bajan a diario la persiana de sus negocios, como el telón de una obra en la que han volcado su vocación y sus sueños. Y llegamos al final de la ruta, que en realidad es su origen, más de mil años atrás, esta vez tras unos pies descalzos, los de alguien anónimo que horadó la toba volcánica para establecer un diálogo con los astros a través de marcadores que todavía hoy en día hablan con el sol y la luna.
Así empezó a escribirse el relato de esta isla de Gran Canaria que continúa midiendo su tiempo en este punto del Atlántico. Y, más allá de la suma de aportaciones individuales, la isla avanzó cohesionada por un poderoso sentimiento de comunidad y del cuidado colectivo. Es un legado que no debemos perder. De hecho, en este sentimiento de pertenencia y de defensa de los intereses comunes reside el propio germen del Cabildo, así como los principios que continúan rigiendo sus acciones 112 años después de su creación. Como dijo Pino Ojeda, “nada nace ni vive por sí mismo”.
Gran Canaria y su población son al mismo tiempo espejo y reflejo, una metáfora permanente escrita con la tinta indeleble de las relaciones que están llamadas a perdurar. Así ha sido desde el inicio, antes de que nada existiera, antes incluso que la premonición de lo que al final hemos sido.
Porque del mismo modo que Gran Canaria surgió del océano, elevándose capa a capa, la capacidad de adaptación al entorno de grancanarios y grancanarias ha superpuesto el resultado de generaciones de esfuerzo y talento que han cristalizado en la sociedad a la que pertenecemos. Somos, en definitiva, habitantes de una entidad histórica que se mira en el cristal del Atlántico. Una comunidad que ha devenido en sujeto político, social y cultural que hoy se reafirma y contribuye al progreso de Canarias.
El destino de los pueblos es una incógnita. No está grabado en piedra en ningún santuario. Podíamos haber sido una anotación casi anónima en el amplio mapa. Pero el viento de la historia y el aliento de quienes han vivido en Gran Canaria hicieron posible que lo que empezó como una anunciación en la superficie del agua se convirtiera en esta realidad en la que se dan la mano identidad y universalidad.
Pero, y permítanme esta pregunta en voz alta, ¿cómo llegamos hasta aquí? ¿cómo hemos logrado convertir el territorio de lo nunca visto en el inicio de algo nuevo, que brilla con luz propia? Lo hicimos porque quienes nos antecedieron supieron ver que estaban entre la nada aparente y el todo posible; en el lugar idóneo para protagonizar una historia jamás contada. Lo hicimos, en definitiva, porque rechazamos vivir nuestra insularidad como un lastre. Decidimos, por el contrario, que esa insularidad es la vela que recoge todos los vientos, que nos impulsa e identifica en el vasto mar. Creo que, en este caso sí, debemos grabar en piedra esta enseñanza.
Gran Canaria es raíz y cielo. El pie en la orilla y la mirada más allá del arrecife. A pocos metros de donde ahora nos encontramos, un niño soñó con mover el horizonte mientras el viento creaba volutas de oro con la arena, haciendo visible lo invisible. Y de este modo, partiendo de los elementos esenciales de nuestra naturaleza y de su posición de puente entre culturas y continentes, el escultor Martín Chirino, de cuyo nacimiento se cumple un siglo, encarnó genialmente la dualidad canaria entre los orígenes y el constante batir en la costa de un oleaje de ideas y culturas, el salitre identitario que se adhiere a la piel en una espiral sin fin.
En efecto, el alma “marcha de esfera en esfera, buscando horizontes”, afirmó Galdós. Además, la isla, como escribió Eugenio Padorno, “consiente la impresión del viaje, reflejada en las nubes que pasan”. No obstante, la sociedad grancanaria jamás ha sido una figura ensimismada al borde del Atlántico. Tampoco ha sido ni aspira a ser una estatua de sal, petrificada en su pasado. Ni ha querido ni se lo han permitido las circunstancias.
Gran Canaria es una gran obra comunitaria en permanente evolución, hija del diálogo, una perspectiva coral sobre un mismo escenario, acto tras acto, siguiendo un texto tan improvisado como visionario, con las aportaciones de diferentes protagonistas que asumen, como dijo Juan Carlos Onetti, “que la vida es uno mismo, y uno mismo son los otros”.
La isla es el inesperado cruce de caminos que convierte el sitio de paso en punto de encuentro, aprovechando cada hebra para elaborar un tejido social y cultural inédito que ha crecido luchando contra múltiples circunstancias. Incluso frente a quienes han obrado para arrojar nuestras aspiraciones al fondo del mar. Igual que hoy, nos rebelamos contra cualquier intento de orillarnos y minusvalorar los logros, derechos y ambiciones de una isla que se alza sobre el océano como el resultado de una suma y nunca de una resta. Esta es la ecuación y el carácter que nos definen. Somos una orilla orgullosa. Y también somos nuestro propio centro.
Esta es la herencia que hemos defendido a lo largo del tiempo. Y desde lo más alto de esa fortaleza hacemos ondear la bandera de nuestros valores y nuestra manera de ser y de estar. Es un gesto más necesario que nunca, cuando por supuesto importan los actos, sí, pero también las palabras. “Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos”, como cantó Gabriel Celaya.
Con esas palabras que nadie puede arrebatarnos, quiero garantizarles que el Cabildo de Gran Canaria sostendrá ese estandarte y no cederá en la defensa a ultranza de avances que creíamos eternos y cuyos cimientos se ven socavados por una oscura marea de intolerancia, mentira y autoritarismo.
Este peligroso mar de fondo remueve las aguas de la convivencia con la falsedad. O con algoritmos que anteponen el enfrentamiento a la empatía y el consenso. Y con los manejos de personas y corporaciones cuyas cuentas de resultados crecen junto a esta pleamar que se nos viene encima.
Nos queda, en efecto, la palabra. Ha de ser, no obstante, una palabra hecha de convicciones y principios, capaz de alzarse, tomar cuerpo y convertirse en realidades, arropada por el deseo y el bien común de la sociedad de la que surge. El Cabildo, fiel a su misión, quiere seguir siendo el instrumento para escuchar la voz de Gran Canaria y transformarla en hechos, progreso, justicia y cohesión social. Es nuestro cometido. Es lo que nos dicta la historia. Y es nuestra obligación con los grancanarios y grancanarias, porque, haciendo nuestra la afirmación de Saramago, “somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos”.
El Cabildo ha de ser el faro que muestre la ruta para sortear los arrecifes traicioneros. Y debe hacerlo con palabras y actos firmes como una roca, y no con discursos volátiles que se confundan con la espuma marina y sean arrastrados por los vientos del olvido.
Las instituciones públicas, sobre todo en el actual contexto social y político, no pueden ser una presa de la que se desprenda el aroma del oportunismo, del populismo y de la promesa fácil. Creo firmemente que gran parte del futuro de la democracia depende de la fiabilidad de las instituciones, de la honestidad de sus gestores y gestoras y de la capacidad de dar respuesta a los problemas reales de la ciudadanía.
Por eso reivindico aquí el papel histórico del Cabildo como herramienta crucial para la mejora de las condiciones de vida de las personas que habitan en esta isla. Y también la vigencia de su papel para aunar voluntades, ofrecer oportunidades y promover la libertad, la educación, la cultura, la innovación, la sostenibilidad y, en definitiva, todos aquellos elementos que hacen de Gran Canaria una muestra de tolerancia, diversidad y desarrollo. Es certeza en la incertidumbre. Y una luz de esperanza permanentemente encendida para disipar las tinieblas que se atisban sobre ese horizonte que un día movimos para abrirnos al mundo y que el mundo entrara en la isla.
Esta institución estuvo siempre en la vanguardia de las grandes decisiones de progreso para la isla en la construcción de las grandes infraestructuras como el puerto, el aeropuerto y las carreteras que unieron nuestros 21 municipios. Lo mismo ocurrió con las presas, con los hospitales, con la Universidad, con las Ferias o con el turismo.
Somos conscientes del rumbo a seguir. Se mueve por el mapa de la isla, arriba a todos sus rincones, del fondo del último barranco hasta las puntas de lava donde empieza o acaba el mar, con proyectos para ganar el futuro palmo a palmo y persona a persona. Pero sus acciones aspiran, además, a mantener el enérgico latido del corazón que siempre ha caracterizado a Gran Canaria. Para no caer en la indolencia o la inacción, precisamente donde encallan los valores democráticos y la solidaridad. Allá donde deja de soplar el aire que nos proyecta, en una falsa calma, haciéndonos correr el riesgo de ser lo que nunca hemos sido: una nave a la deriva.
Frente a ello, lidera políticas que favorecen el avance y la igualdad social en el amplio sentido del término. Con el compromiso de todas y de todos estamos respondiendo a los grandes retos que permiten otear el siglo XXI con optimismo y esperanza. Imaginamos a la isla como una ensenada en la que todas las personas se sientan guarecidas, especialmente las más vulnerables, porque la protección de los grupos que más lo necesitan representa la máxima expresión de las realidades sociales verdaderamente solidarias y avanzadas.
Asimismo, promueve la educación, la cultura, la divulgación de nuestra historia y la participación ciudadana para construir una masa social crítica, consciente e implicada; y también la memoria, y por eso hemos llegado a lugares donde reinó la oscuridad, con una antorcha democrática, para quemar el olvido que propugnan los lobos que aúllan a escala global y, no lo olvidemos, también a nuestro lado.
El derrotismo no tiene lugar en la hoja de ruta del Cabildo. Al contrario, el Gobierno de la isla trabaja a diario para una isla más habitable y justa. La tarea abarca el cuidado de nuestros recursos naturales. Somos habitantes de una isla del tesoro, un tesoro singular, porque no permanece oculto bajo la arena de una playa secreta, sino que se muestra abiertamente, del litoral a la cumbre, asombroso y frágil. Justamente este año celebraremos el XX Aniversario de la Declaración de la Reserva de la Biosfera de Gran Canaria, reconocimiento que, más que una medalla, entraña un compromiso y un recordatorio del necesario equilibrio entre la naturaleza y los hombres y mujeres de esta tierra.
Cuidamos del territorio. Sabemos que como islas el cambio climático nos condiciona especialmente. Y no podemos desvincular estos planes del cuidado de la gente. Defendemos medidas para que la riqueza que genera nuestro territorio sea distribuida de manera responsable y equitativa. Velamos por el agua, por los recursos básicos en el marco de un proyecto de isla autocentrado, basado en nuestra autonomía política y en las soberanías energética, hídrica y alimentaria. De algún modo, volvemos a ir tras los pasos del último acequiero, de la campesina al pie de la finca de papas o de quien levantó un molino que le dio sentido al alisio y sustento a la comunidad.
Hay señales, que no siempre se dan, de que estamos sintonizando de un modo profundo con la sociedad civil, con entidades públicas y privadas, con las organizaciones no gubernamentales, la universidad y los agentes sociales. Esta conexión se está traduciendo en la generación de oportunidades que benefician al conjunto de la sociedad isleña. Tenemos que seguir aprovechando esta ocasión que se nos brinda y que el Cabildo canaliza sin descanso, porque no siempre se da el tiempo de la confluencia.
Ante el escepticismo moral, nuestra institución ofrece una referencia de cultura de la resiliencia y de la decencia. La función institucional traza un surco que se mueve entre la ilusión y el realismo en estos tiempos revueltos, pero también de creencia y compromiso. No perdamos la fe ni la seguridad en nuestras posibilidades. Siguen ahí, igual que el pinzón azul mantiene su vuelo en los pinares, aunque no lo veamos, como un ensueño azul perfectamente real.
¿Recuerdan la primera vez que aprendieron algo? ¿Quizás viendo a sus padres, a sus madres, al abuelo, a la abuela? ¿Se han fijado bien en los ojos de los niños y niñas cuando aprenden a leer o escribir? ¿O cuando se bañan por primera vez en la playa, suben al Roque Nublo o se adentran en el misterio boscoso de Osorio o en la magia los Tilos? Las sociedades que, como la grancanaria, ansían el progreso y la prosperidad compartida quieren nuevos senderos. Nuevos inicios. Más horizontes en lugar de límites y fronteras. Más cielos en los que volar. Más libertad, más imaginación, más unidad, más generosidad…
Y precisamente por todo eso, necesitamos referentes. Las personas que reciben este año los Honores y Distinciones encarnan el acto creativo de la imaginación humana. Reúnen el talento, el sacrificio y la facultad, desde la razón y la emoción, para alumbrar lo que permanecía oculto o inaccesible. Con su visión, nos han transportado a lugares que de otro modo jamás habríamos alcanzado. Los límites físicos de Gran Canaria siguen siendo los mismos, pero gracias a sus aportaciones, la isla ha llegado a ser infinita en sus posibilidades.
Sus ejemplos profesionales y vitales poseen un valor perpetuo evocando las palabras del poeta Walt Whitman, que exhortó a “no abandonar jamás las ansias de hacer de la vida algo extraordinario”. Gracias en nombre de Gran Canaria por su ejemplo, que nos enorgullece y nos inspira. Con ustedes hemos sido un verso ampliado, una sociedad más comprometida, próspera y sabia, una partitura que resuena en el celaje de las Montañas Sagradas, un esférico que pasó de los arenales al sueño del Mundial del Fútbol, arte que se sale del marco, que desborda las salas, ensanchado hasta el universo y las entrañas, la guía hacia una isla mejor plasmada en biografías que resplandecen, aportando la claridad que ansiamos.
Ya es hora de concluir. Y el reloj marca la hora de la verdad, la más poderosa de las luces. Encontramos la verdad en aquellos pasos hacia Montaña de Tauro. La verdad puede ser ocultada, sepultada por el polvo del tiempo o, como ahora sucede, por la manipulación compulsiva e interesada, pero nunca se extingue, según proclamó el historiador Tito Livio. La verdad aflora en el sentimiento común que nos amalgama como pueblo. También en el poder grupal de Gran Canaria para alzar el vuelo y perseguir sus metas, como las criaturas aéreas de Chirino, instantáneas y férreas, el soplo del momento y la voluntad transformadas en algo eterno.
O como la verdad inmensa de Alonso Quesada, que se fue sin irse hace ya un siglo. Es una de esas escasas figuras capaces de condensar un territorio, una isla, el mundo y el tiempo. Incluso tras una vida dura, repleta de umbrías, permitió que un rayo luminoso se abriera paso y encendiera las aguas. Y proclamó que su alma tendía sobre el mar dorado una esperanza de mejores tiempos. Ojalá se cumpla el deseo de Alonso. Ojalá reunamos la sabiduría y la generosidad para cumplirlo. La isla puede contar con el Cabildo en este propósito.
La desigualdad que ha provocado la discriminación o invisibilización de las mujeres y sus aportaciones a lo largo de la historia, además de constituir una vulneración de los derechos humanos, es dañina para el conjunto de la sociedad. En muchos casos, nos priva de una parte fundamental de los logros y avances colectivos.
Es innegable la importancia crucial que han tenido las mujeres en la creación y estabilidad de la sociedad grancanaria. Desde la aportación de las mujeres rurales en tiempos en los que éramos una sociedad eminentemente agrícola y ganadera hasta su participación en los ámbitos científico, tecnológico, artístico, deportivo, entre otros. El progreso de nuestra sociedad no se podría entender sin ellas.
No hay suficientes artículos, periódicos ni blogs para nombrar a todas las mujeres que han hecho aportaciones relevantes al progreso de Gran Canaria, tanto en el presente como a lo largo de la historia. Además, no debemos limitarnos a reconocer sólo a aquellas que han alcanzado la celebridad, pues cada día cientos de miles de mujeres en esta isla contribuyen con su esfuerzo y trabajo a construir un futuro mejor. No obstante, con motivo del Día Internacional de la Mujer, el renombrado 8M, me gustaría citar a algunas que han tenido una estrecha vinculación con la acción del Cabildo de Gran Canaria. Y es que conviene recordar que la historia de esta isla también se escribe con nombre de mujer. Y no solo con el nombre, sino con los dos apellidos, el de sus padres y el de sus madres.
Ante la crisis humanitaria que estamos viviendo, quiero hacer mención a cada una de las 396 mujeres que encontraron en Gran Canaria tierra firme en 2024 tras sobrevivir a la peligrosa ruta canaria. Una ruta que sumó 46.000 rostros llegados del mar solo el año pasado. Las mujeres, especialmente vulnerables en las fronteras, son un eslabón frágil en el violento y machista mundo que convierte la migración en una moneda al aire. Muchas se ven obligadas a atravesar el mar para luchar contra la desigualdad sin saber nadar, confiando en encontrar una tierra firme que puede o no aparecer, pero en la que creen.
Por eso, quiero traer a este texto a Nadine, que llegó con su hija, ambas solas, después de que su marido fuera asesinado en Malí. Tomó a su pequeña, cerró la puerta de su casa para no volver y recorrió la distancia que la separaba del océano. Se lanzó a las aguas atlánticas en un cayuco blanco con la esperanza de hallar una tierra segura. Y a Gran Canaria llegó. Porque somos hogar, pero también somos refugio para quienes buscan sobrevivir. Porque de sobrevivir saben mucho las mujeres migrantes que sostienen una parte esencial de nuestra sociedad, sin que se les reconozcan derechos fundamentales de ciudadanía. Y no solo en el trabajo doméstico, como se les pretende reducir a menudo, sino en sectores clave como los cuidados, el diseño, la sanidad o la agricultura.
Este año, la Consejería de Cultura del Cabildo de Gran Canaria ha llevado a cabo una preciosa campaña para recordar a María del Pino Ojeda Quevedo, escritora que unió su apellido paterno a la última letra de su nombre para firmar como PinOjeda. Fue una artista total, con un gran manejo y defensa de la palabra. De ella se recuerda su afirmación: «Es el único medio para expresar lo inefable. La poesía no podría existir sin la palabra, porque la palabra es lo único que existe». Y la poesía en esta isla singular no se podría comprender del todo sin su verbo. Este año la hemos nombrado Hija Predilecta de la isla.
Comencé este artículo resaltando la importancia histórica de las mujeres rurales en Gran Canaria. Pero su papel sigue siendo fundamental para la supervivencia de un sector estratégico en la sostenibilidad de Canarias. En noviembre de 2024, entregué los reconocimientos a los mejores vinos y quesos de Gran Canaria, donde cada vez hay más mujeres, tanto en las bodegas como en las queserías. Uno de estos premios lo recibió Llailma del Carmen Saavedra Suárez, de la Quesería La Renta de La Aldea. Al finalizar, se ofreció un ágape a los galardonados y sus familiares. Cuando la invitaron a quedarse, Llailma respondió: «No puedo, tengo a las cabras pariendo y el alma en vilo».
El alma en vilo. Una forma de estar. La última letra de su frase se perdió en el eco de la escalera mientras se alejaba rumbo a La Aldea, para seguir dando, cuidando y protegiendo. Aquellos premios los entregué junto a María del Carmen Pérez Castellano, ganadera y presidenta de la Coordinadora de Organización de Agricultores y Ganaderos de Canarias (COAG).
El 2024 ha sido un año en el que el deporte femenino ha seguido consolidándose. Aunque las mujeres llevan décadas destacando en diversas disciplinas, este año hemos presenciado hitos que han trascendido lo deportivo. Uno de los más significativos ha sido el ejemplo de las jugadoras de la selección española de fútbol, que exigieron respeto y cambios en la federación. Además, en los Juegos Olímpicos de París, por primera vez en la historia, España estuvo representada por más mujeres que hombres. Entre ellas, seis deportistas grancanarias: Leonor Rodríguez, Leticia Romero y Maite Cazorla en baloncesto, Tara Pacheco en vela, Lorea Ibarzábal en atletismo y Misa Rodríguez en fútbol.
Resulta esencial dar visibilidad a la labor crucial que desempeñan las mujeres en el seno de nuestra sociedad. Forma parte de nuestra acción de gobierno. Dentro de este trabajo responsable y coherente, el jueves pasado inauguramos en la sede del cabildo la exposición ‘Ellas innovan, ellas transforman’.
La muestra se articula en torno a ocho mujeres de ámbitos tradicionalmente invisibilizados. Y pone de relieve cómo las mujeres, desde sus distintas realidades, han jugado un papel crucial en la construcción de un mundo más innovador y sostenible. Desde científicas pioneras que rompen barreras en sus campos hasta emprendedoras que lideran iniciativas verdes, cada historia conecta logros globales con vivencias locales. Por lo tanto, las historias individuales se convierten en inspiración colectiva para generaciones presentes y futuras. Ellas son Nira Santana Rodríguez, creadora de videojuegos; Esther Pérez Verdú, tecnóloga en NemeSys 2.0; Guayarmina Peña García, ingeniera y CEO del ITC; María del Carmen Pérez Castellano, presidenta de la COAG; Cristina Fernández Gil, científica marina en Oceanográfica; Sandra Armas Juez, vitivinicultora de Bodegas Bentayga y presidenta de la Ruta del Vino de Gran Canaria; Anabel Calderín Castro, gerente de la granja escuela La Jaira de Ana; y Noemí Tejera Mujica, arquitecta y docente de la ULPGC.
El día 14 reconoceremos también con los honores y distinciones del Cabildo de Gran Canaria además de a Pino Ojeda Quevedo a Laura Vega Santana, artista, compositora; Saray Manzano Romero, una figura del voleibol femenino; Caridad Rodriguez Pérez Galdós por sus investigaciones y aportaciones a la etnografía y las tradiciones populares y Cynthia Viera Pérez por su contribución a la creación artística.
Podría seguir escribiendo nombres de mujeres que hacen de Gran Canaria un lugar mejor, más comprometido y moderno. Un lugar que protege su pasado sin dejar de mirar al futuro. Las mujeres citadas las representan a todas y nos obligan a valorar diariamente esa dedicación que nos humaniza y nos hace mejores.
Las políticas de igualdad son una cuestión de justicia social y de reequilibrio, tras una historia en la que los progresos del hombre han estado en el centro y su visibilidad por delante. Y escribo esto como hombre, consciente de lo que he tenido que desaprender y de los privilegios que me han sido dados. También de que es un camino que debemos seguir transitando cada día, revisando la educación que hemos recibido y que aún impera. En los hombres está una parte de la respuesta que este momento histórico requiere: más igualdad es desarrollo social justo. Al machismo solo cabe rechazarlo y desbordarlo.
Las palabras nos llevan hoy hasta una orilla en el tiempo. Y lo hacen en volandas. Literalmente. Y comprenderán el porqué. El Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM) del Cabildo de Gran Canaria acaba de inaugurar la exposición ‘Martín Chirino. Crónica del siglo’. La muestra escribe sus primeros renglones con el salitre de la playa de Las Canteras, cuando Martín Chirino contempló al viento jugar con la arena y la espuma. De ahí surgió el atrevimiento de hacer visible lo invisible. Fue un acto creativo de la imaginación humana reservado a los artistas llamados a ver más allá del horizonte. Gracias a su visión, nuestra mirada también es transportada a lugares que, de otro modo, jamás habríamos alcanzado.
No es una inauguración cualquiera. A partir de ese momento, e incluso a puerta cerrada, el CAAM quedó felizmente expuesto a ser recorrido por el viento. Quedaron las salas al recaudo de las emblemáticas espirales que han pasado a formar parte de nuestro imaginario colectivo y que son una insignia artística de alcance internacional. Y hasta es posible que las criaturas aéreas del maestro alcen realmente el vuelo en la intimidad de la noche, cuando nadie observe, obteniendo así una visión general del asombroso mundo creativo del que forman parte.
La retrospectiva que el cabildo, a través de su CAAM, dedica al escultor, en el centenario de su nacimiento, se enmarca en la labor del museo para difundir el legado de artistas fundamentales del arte contemporáneo en Canarias y, en este caso, también en el contexto nacional e internacional, territorios donde Chirino ocupa un lugar preeminente.
Esta exposición abarca cinco décadas de trayectoria y revela la coherencia de quien creó todo un universo mientras sus pies, junto a su memoria, seguían en la ribera oceánica original, en permanente contacto y diálogo con el Atlántico, la ancestral cultura canaria y los lazos africanistas y tricontinentales que enhebran la identidad del archipiélago.
La propuesta expositiva plantea una revisión histórica de su trabajo a través de una selección de un total de 74 obras de distintos formatos, además de una parte de su archivo bibliográfico y documental. Incluye también una selección de sus dibujos, bocetos, collages y dos obras audiovisuales creadas expresamente para esta exhibición.
La retrospectiva permite a las personas que la visitan contemplar la vitalidad del trabajo de Chirino y la enorme coherencia de su imaginario creativo, desde un planteamiento museográfico cronológico que abarca todas las series escultóricas que creó a lo largo de su medio siglo de trayectoria profesional.
Las piezas que conforman ‘Crónica del siglo’ proceden de un total de 25 colecciones privadas y de instituciones públicas españolas, como el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, el Instituto Valenciano de Arte Moderno, el IVAM, el Museo Patio Herreriano, el Museo de Arte Abstracto de Cuenca, el Museo de Arte Contemporánea Vicente Aguilera Cerni de Vilafamés o el TEA Tenerife Espacio de las Artes. Este hecho habla por sí mismo de la relevancia y admiración alcanzadas por la obra de Chirino.
Tengo que destacar que la exposición posee un carácter marcadamente didáctico, al incorporar en las distintas salas una selección de frases del artista alusivas a su obra o en textos de carteles explicativos que contextualizan su trabajo y su medio siglo de producción artística. Y este acento no es casual. Es un afán. Queremos mantener vivas las enseñanzas del autor y convertirlas en ejemplos de ciudadanía, de valentía artística, política y social. Estoy convencido de que esta exposición nos ayudará a forjar nuestros esfuerzos mientras contribuimos a situar su memoria en el lugar que merece, en lo más alto, donde vuelan inmóviles pero eternas, majestuosas e imparables, sus aeróvoros.
La solidez y la autenticidad de la obra de Chirino son fruto de su genio, pero nos hablan también de la firme verdad de quien supo transformar en arte y proyecto vital los sonidos de su infancia, aquella orquesta de yunques y martillos en el astillero, y que también asumió como parte de sí mismo la luz de su isla, el alisio y las referencias simbólicas a su tierra y su tradición milenaria.
Sin embargo, resulta ingenuo pensar en él como un alquimista ensimismado al borde del Atlántico mientras respira el aire que se convierte en hierro tras pasar por su poderoso pulmón creativo. Siempre quiso mover la orilla, llevarla más allá de la línea del horizonte, como así consiguió gracias a su talento. Le impulsaba a ello su vocación cosmopolita, su vasta cultura y su admiración por el mundo clásico desde la modernidad, como bien nos ilustra el magnífico equipo que ha hecho posible esta exposición.
Isla y horizonte. Raíz y cielo. Son algunos de los conceptos esenciales con los que Chirino forjó su trayectoria. Al mismo tiempo, nos hacen pensar en la esencia de lo que son y han sido Gran Canaria y Canarias a lo largo de su historia. Y, desde luego, su ejemplo como manera atlántica de estar en el mundo nos ha ayudado a fraguar algunas de las mejores manifestaciones de la moderna sociedad isleña.
La cultura canaria que compartimos tuvo en Martín un liderazgo relevante que ejerció desde aquel Manifiesto de El Hierro que expresó un grito de libertad y vanguardia justo cuando amanecíamos a la democracia y al autogobierno. Y hoy resuena con nueva energía para alumbrarnos un presente tan necesitado como entonces de valentía y compromiso.
Su función como faro guio a una nueva generación de creadores y creadoras en los años setenta y alumbró rutas de compromiso político con las libertades y de lucha contra la dictadura. Esta herencia es una espiral que nos trae el aliento del Chirino comprometido, por supuesto también con la promoción de la cultura como vía para la mejora social en las Islas. Una clara muestra de esta implicación es el propio CAAM, del que fue fundador y primer director.
Quiero compartir con ustedes algunas reflexiones de los comisarios de la muestra, profundos conocedores de la herencia que nos legó. Jesús María Castaño, además director de su Fundación, enfatiza que “la de Chirino es una obra poética, con ritmo y cierta musicalidad, que dota de alma a sus piezas. Él siempre reivindicó la elegancia y la belleza. Tuvo hambre de belleza y se mantuvo fiel a su compromiso con la historia”.
Fernando Castro Flórez apunta que “a través de sus obras penetramos en la experiencia radical de la modernidad, contemplamos una impresionante proyección espacial, con pliegues y repliegues de una hermosa modulación que torna ligero lo pesado, en una búsqueda del origen que mantiene abierta la esperanza”. El mensaje, y la mera evocación de la esperanza en estos tiempos de incertidumbre y avance de las sombras, nos conforta e hincha nuestras velas de los vientos necesarios para resistir, evitar el naufragio y avanzar.
Deseo que esta exposición, en realidad toda la programación del centenario, nos haga llegar toda la pasión por la libertad y la creación que Chirino transmitió en toda su obra y en toda su vida. En tiempos de incertidumbre y de riesgos democráticos el arte de nuevo puede y debe ser fuente de resistencia y de esperanza.
De la mano de Chirino conviven bajo un mismo techo nuestros sueños y nuestros orígenes. Y también lo hacen el instante y la eternidad. Por eso están abiertas de par en par las puertas y ventanas del museo, para que entren los vientos forjados del artista. Y precisamente por este mismo motivo no encuentro otra manera de cerrar este espacio compartido que invitarles desde aquí a disfrutar de esta agitadora y ensoñadora crónica del siglo.