El compromiso de Antonio Lozano

No es fácil escribir sobre Antonio Lozano y controlar las emociones, y desde luego no fue fácil hablar en el acto de presentación de su libro póstumo, El desfile de los malditos con el que el miércoles 16 de octubre abrimos la 32ª edición del Festival del Sur que, como no podía ser de otra manera, le rindió homenaje.

No es fácil condensar en un pequeño artículo tantos años vividos juntos desde la amistad, el trabajo compartido y tantas otras complicidades. No es fácil escribir de Antonio y de sus valores porque encerraba muchos y porque eran muy transparentes y compartidos por todos los que le conocimos. Pero he querido elegir una palabra para definir, en sentido amplio, su paso por este mundo, por nuestras vidas, de este profesor, político, gestor cultural y de desarrollo local, escritor, traductor, especialista en literatura africana, africanista, humanista, padre, esposo, amigo.

 He elegido el término compromiso, porque Antonio fue siempre, quiso ser siempre, un hombre de compromisos. Un hombre comprometido con los valores éticos que guiaron su comportamiento y con su férrea voluntad de cumplirlos. Podría llenar artículos y artículos con los compromisos de Antonio, con tantas cosas y tanta gente, pero debo centrarme solo en algunos de ellos.

Quiero empezar señalando su compromiso con Agüimes. No puedo obviar el primer encuentro con un joven profesor que llegó a nuestra Villa recién terminadas sus oposiciones para dar clases en el Cruce de Arinaga. De cómo se implicó desde un primer momento con el alumnado de un barrio fuertemente deprimido en aquellos momentos. De cómo aceptó mi invitación a participar en una mesa de trabajo para dinamizar la cultura en el municipio. De cómo no dudó en aceptar mi propuesta para formar parte de la candidatura en la que opté por primera vez a la alcaldía de Agüimes.

De su ingente tarea para convertir el área de cultura en una referencia en Canarias. Festival del Sur, Festival Internacional de Narración Oral, entre tantas otras iniciativas. De su apuesta por la diversificación económica de nuestro municipio diseñando un proyecto de desarrollo rural ligado al turismo. La recuperación de nuestro patrimonio y nuestros productos de cercanía. Fueron 16 años de mucho trabajo, de total entrega a un municipio que hizo suyo para siempre, en el que construyó además su hogar y su familia.

Más allá de esta aportación a la política local, municipalista, la que se hace mirando a la ciudadanía a los ojos, a la que pocas veces se hace referencia y que yo valoro, como agüimense, como grancanario, como canario, tanto o más que su contribución a la literatura, Antonio se desvivió igualmente por sus alumnos y alumnas de la educación pública, tanto en sus primeros momentos en el Cruce de Arinaga como, más tarde en el Colegio público de Infantil y Primaria Roque Aguayro o en el IES Joaquín Artiles donde su espíritu inquieto, implicado, lo llevó a ir más allá de su tarea docente organizando actividades, intercambios, pintando las clases con los padres y madres.

Y expresó también su afecto a esta Villa, desde que empezó a escribir, una vez dejado el Ayuntamiento, creando Preludio para una muerte, que recoge retazos de las relaciones humanas, políticas, sociales y religiosas de nuestro entorno y que nace de un crimen que se produjo en una vivienda en frente de mi casa. Fue un suceso que nos impactó y que vivimos muy de cerca pues sucedió en una noche de carnaval, en una noche en la que nos quedamos hasta la madrugada en la Alameda de Agüimes, en la que él durmió en casa como tantas veces. Ojalá pronto la serie de televisión Calima se haga realidad y podamos ver a García Gago realizando sus pesquisas por esas calles.

A los 46 años, Antonio se comprometió decididamente con la literatura. Se lanzó con pasión a un mundo que siempre le había atraído y en el que hizo sus pinitos presentándose a algún concurso de poesía. Fue una de sus grandes pasiones de los últimos años. Quiero señalar que la literatura se convirtió en el vehículo necesario para seguir afianzando su compromiso con Agüimes, para mostrarnos su pasión por África y para defender un mundo más justo, para ponerse al lado de los más desfavorecidos, para denunciar las injusticias, la quiebra de los derechos humanos, todas las violencias que un sistema neoliberal ejerce sobre la gran mayoría de los seres humanos y el planeta que nos acoge.

Por eso siempre manifestó que empezó a escribir novela negra porque le permitía expresar su compromiso social, analizar de manera más crítica la realidad social y política del entorno más cercano, de África, del mundo.

Fue una novela negra -Harraga- la primera que nos alumbró una idea distinta sobre el continente al que se dedicó con entusiasmo en las últimas décadas. Dejó escrito: «Siento pasión por África quizás porque nací en ese continente y que cuando vuelvo me siento como en casa. En este aspecto soy una persona afortunada porque pertenezco a las dos orillas y ello provoca que me duela, que me moleste, el desconocimiento que hay desde este lado cuando se habla de Marruecos o del África negra y se emplean argumentos despectivos que solo delatan un absoluto desconocimiento de la realidad. Es algo que no me gusta, pero también es algo que me empuja a escribir sobre estos temas porque me permiten acercarme a esas realidades desde otras perspectivas».

Y vaya si lo hizo. Antonio se convirtió en el mayor especialista en literatura africana, en un militante africanista de referencia. Ya fuera en un libro de viajes, en una novela negra, en biografías como las de Sankara o Mandela, siempre ha estado latente su denuncia del colonialismo, su amor por el continente y su convencimiento de que África, a pesar de todo, avanza hacia un futuro de libertad.

No renunció nunca Antonio a su compromiso con la humanidad, a denunciar las injusticias. A rebelarse contra la corrupción de las ideas, de la política, de la economía. Juan Claudio Acinas (Sobre la obediencia al derecho, de nuevo) apunta a la existencia de una ley sociopolítica –la ley de la entropía ideológica- que explica el fenómeno, ampliamente constatado, de la disipación gradual del inconformismo, que hace que las personas, en un porcentaje altísimo, vayamos reemplazando causas por intereses que solo nos preocupa asegurar. Algunos lo sintetizan en la afirmación de que de joven hay que ser comunista y de mayor toca ser conservador. No fue el caso de Antonio.

Antonio no claudicó nunca. No renunció nunca a sus ideas, a su lucha, a todos los compromisos que les he señalado. Nos dejó una obra literaria inmensa, un trabajo por Agüimes y por Canarias especialmente significativo, una militancia activa por África. Pero sobre todo nos dejó una gran familia, una enorme amistad –otros de sus firmes compromisos- y una presencia permanente.

Para ganar el futuro

El pasado viernes 11 de octubre vivimos uno de esos momentos que pasarán a formar parte de la memoria colectiva de esta isla. Unas 7.000 personas se dieron cita en el Gran Canaria Arena para el encuentro “Cumbre de mi Gran Canaria” organizado como homenaje a las personas afectadas y a quienes lucharon contra los incendios que asolaron la isla el mes de agosto. Se expresó lo mejor de esta isla: cultura, tradiciones, unidad, solidaridad, implicación, determinación para ganar el futuro. Se concibió como un evento solidario cuya recaudación simbólicamente se destinará a la repoblación con árboles frutales de fincas quemadas o abandonadas de la cumbre y medianías como símbolo de revitalización de la zona.

La celebración, estuvo dirigida por el productor Mario Vega y su equipo que desde un primer momento se mostraron dispuestos a trabajar desinteresadamente junto a un elenco extraordinario de artistas y representantes ciudadanos que supieron condensar en unas dos horas y media todos los valores que convierten a Canarias, a Gran Canaria y a su cumbre en lugares únicos en el mundo. Fue una noche de una intensidad emocional que es muy difícil de describir con palabras.

“Cumbre de mi Gran Canaria” fue una inmensa demostración de solidaridad y gratitud de una sociedad, no me cansaré de repetirlo, que siempre se une para ganar los grandes retos de progreso y responde cuando se la necesita. Además de las 7.000 personas que se desplazaron literalmente desde todos los rincones de la isla hasta el recinto capitalino, había unos 220 artistas acreditados, todos ellos actuando de manera desinteresada, 160 personas en la organización  y decenas de empresas que ofrecieron su colaboración y sus servicios.

El encuentro comenzó con el recibimiento a los cuerpos de prevención y extinción de incendios, seguridad y asociaciones de voluntarios que colaboraron en agosto y que entraron en el recinto con un sonoro aplauso  mientras de desplegaban miles de cartulinas en las que podía leerse la palabra “Gracias”. Setenta colectivos fueron homenajeados y sintieron el calor y el cariño de toda la sociedad grancanaria allí representada.

Poco después el público se sorprendió con la presencia de un rebaño de ovejas con el que se quería también homenajear tanto a los pastores como a los animales que se vieron muy afectados por el incendio y que hacen una gran labor de cuidado de nuestros montes eliminando maleza y exceso de vegetación seca. Y junto a ellos, los mayordomos y la agrupación folklórica  de la fiesta de las Marías de Santa María de Guía y una reproducción de la fiesta de la Rama de Agaete reviviendo una tradición que identifica  a nuestra isla.

Durante las siguientes casi dos horas nos deleitamos con actuaciones  como la del  espectáculo musical Barranco Abajo, con Los Gofiones, Los Sabandeños, Candelaria González, Marilia, Cristina Ramos, José Vélez, Mari Sánchez y María Mérida, que a sus 94 años sigue emocionando al público, los niños y niñas verseadoras dirigidos por Yeray Rodríguez, que condujo el Encuentro, solistas y cantadores de las 8 islas y hasta silbadores que tuvieron una muy emotiva conversación en este lenguaje que es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Soy consciente de que la prioridad tiene que ser atender a las personas afectadas por el incendio, ser diligente con las ayudas e indemnizaciones y con los planes de restauración ambiental. También seguir mejorando en la prevención para que esto no vuelva a suceder, aunque sabemos que hay problemas estructurales que solo tienen solución en el largo plazo y que requieren una transformación profunda de nuestro modelo socioeconómico. Desde agosto estamos trabajando en todas estas líneas. Pero creo sinceramente que Gran Canaria necesitaba un día como el del viernes, un día de unión, de reafirmación de lo que somos y de nuestra capacidad para restaurar nuestra cumbre. 

Los incendios son tan dolorosos además de por lo evidente, porque atacan al corazón de nuestra identidad. Históricamente Canarias ha sido una sociedad eminentemente rural y es en la zona de medianías y cumbres en la que se ha conservado gran parte de nuestros saberes ancestrales, costumbres, tradiciones,… todo aquello que conforma la cultura de un pueblo. También es dónde se concentra una parte importantísima de nuestro patrimonio y endemismos naturales por los que la ciudadanía de Gran Canaria siempre ha sentido un fuerte apego.

Y el fuego atacó todo esto en cuestión de horas. Por eso el sentimiento ante las imágenes que vimos este agosto es tan profundo y sincero. Porque todas y cada una de las personas de esta tierra sintieron que se estaba quemando un pedacito de ellas mismas. Es por eso que los ayuntamientos de los municipios afectados y el Cabildo se pusieron de acuerdo para organizar un homenaje a los damnificados y a los servicios de extinción pero también  se convirtió en una oportunidad para que Gran Canaria celebrara lo que es y lo que representa.

En artículos pasados ya expliqué que la gestión de la emergencia fue ejemplar. El trabajo coordinado de todos los cuerpos de extinción y seguridad, la cooperación entre instituciones, la colaboración de las personas  afectadas y la sociedad civil y la comunicación consiguieron que no tuviéramos que lamentar víctimas mortales y que las consecuencias de la catástrofe fueran menores de lo esperado. Un éxito colectivo de la sociedad gran canaria y de toda la ayuda que recibimos del exterior. He recibido cientos de mensajes en los que la ciudadanía  me expresa su sentimiento de confianza en los profesionales que se encargan de la prevención y extinción y comparten la idea de una isla protegida.

Pero la respuesta ciudadana en el post-incendio también está siendo de gran altura. Desde el primer momento se generó una gran ola de solidaridad ante todas las iniciativas que buscaban ayudar de una manera u otra a la gente que había sufrido las peores consecuencias. Y aunque se mantiene el espíritu crítico y se reclaman mejoras y la adopción de las medidas que cada cual cree oportunas, la respuesta ha sido coherente, sosegada y responsable, más centrada en buscar soluciones que culpables.

Es evidente que la grancanaria es una sociedad madura, consciente de los problemas estructurales generados por el modelo de desarrollo de las últimas décadas pero orgullosa de su identidad y de su patrimonio natural y cultural. También sorprende y satisface el nivel de articulación social de los habitantes de la cumbre que en un territorio con poca población, dispersa y envejecida, han sido capaces de organizarse para elaborar un listado de propuestas muy coherente para la mejora de las condiciones de vida de su zona.

La respuesta ante el evento y las posteriores reacciones me hacen pensar que estamos ante un punto de inflexión. Un momento en el que se dan las condiciones para que demos pasos decisivos en el modelo de desarrollo de esta isla. Que acortemos las distancias que separan al campo de la ciudad, de las zonas turísticas de las rurales, a la ciudadanía de sus instituciones para avanzar todas y todos juntos en un objetivo en el que creo que coincide la mayoría social de esta isla: construir la Gran Canaria que queremos, sostenible, justa social y económicamente e igualitaria.

Y ahora nos toca seguir avanzando. El Encuentro Cumbre de mi Gran Canaria ha mostrado la capacidad de una isla que genera soluciones, que acompaña a quienes más sufren, que avanza hacia un desarrollo sostenible en todas las direcciones que exige una ecoisla: soberanía energética, soberanía alimentaria, lucha contra el cambio climático, reforestación, economía circular, economía azul, turismo diversificado y sostenible, movilidad pública y limpia, sociedad más igualitaria, lucha contra el paro y la pobreza, valores democráticos… Y esta experiencia nos llena de energía para progresar en esa dirección junto a toda la sociedad grancanaria.

Nacionalismo de transformación o de retroceso

No es inusual la utilización de palabras nobles para encubrir y blanquear intereses y estrategias que al descubierto darían grima. Así ocurre con la palabra libertad o con la reclamación de los derechos humanos por quienes los pisotean sin escrúpulo. En este archipiélago se manosea y abusa del término nacionalismo, también muchas veces y con fines bien distintos. Y se está haciendo en los últimos tiempos.

 Creo en un nacionalismo que se compromete con la defensa de los intereses de nuestra gente, sobre todo de quienes tienen menos oportunidades para desarrollarse plenamente. El nacionalismo que defiendo ama y se identifica con la cultura que nos hace más libres y más creativos. Apuesto por un nacionalismo integrador que proteja la tierra que nos vio nacer como la forma coherente de respetar y preservar el planeta que hemos heredado. Ser nacionalista es luchar sin desmayo por agrandar todos los espacios de libertad frente a quienes dentro o fuera de nuestras islas nos quieren sumisos y dependientes.

En este sentido no he cambiado de parecer en las últimas décadas. En cambio, en los últimos días hemos asistido a un proceso repentino de conversión por el que los mismos que atacaban nuestras posiciones de defensa de Gran Canaria y de la dignidad de Canarias, han buscado ahora alianzas urgentes para esconder su profundo fracaso. En los últimos cuatro años hemos soportado un ataque brutal de grupos mediáticos y económicos, alentado con dinero público, que intentaba impedir el crecimiento desde el Cabildo de Gran Canaria de una opción de nacionalismo de izquierdas, integrador, no excluyente, defensor de las singularidades de Gran Canaria y de su papel de dinamizador social y económico de Canarias. Se hacía sin ningún tipo de pudor desde el anterior Gobierno de Canarias y lo dirigían los que ahora se autoproclaman nacionalistas de ATI.

Utilizar el nacionalismo para tapar esas vergüenzas es algo que no debemos consentir porque esos sentimientos y esas convicciones son muy importantes para pisotearlas por desesperación electoral. Los principios auténticos buscan coherencia entre declaraciones y práctica y lo que hemos padecido durante los últimos cuatro años desde el gobierno de Fernando Clavijo es inaceptable.

En los últimos días ha irrumpido en los medios de comunicación un coro de notarios del nacionalismo, que me ve como enemigo de una reagrupación, pretendidamente nacionalista de futuro, sustentada en una experiencia interclasista estrepitosamente fracasada. Esos opinadores han descubierto, de repente, que el futuro de esta tierra pasa por devolver a las instituciones canarias un modelo agotado, fracasado, ruinoso en lo social y en lo económico, a la vez que desastroso en lo medioambiental. La cumbre de El Hierro iba contar hasta con José Carlos Mauricio como inspirador. No puede valer todo. Y esto se expresa sin la menor autocrítica de los graves destrozos y fracasos que nos ha dejado el paso de CC-ATI por el Gobierno de Canarias en los últimos años. Están tan desesperados que pretenden ocultar los argumentos y las discrepancias reduciéndolas a descalificaciones personales. La exconsejera de hacienda del Gobierno de Canarias, Rosa Dávila, incluso llegó a menospreciar a mi localidad natal, de la que fui alcalde 28 años, asegurando en una radio que yo no era nacionalista sino «un señor de Agüimes».

El nacionalismo es necesario en Canarias por nuestra historia de colonialismo, dependencia, pobreza, explotación y olvido. Pero el nacionalismo que necesitamos, como pueblo humilde y resistente, debe tener como objetivo prioritario la mejora de vida de la mayoría social de las islas. Se trata de hacernos cargo de nosotros mismos para construir un futuro de progreso con un proyecto soberanista y autocentrado. Por eso, el nacionalismo que defiendo, el que necesitamos, es un nacionalismo de izquierdas con un proyecto de cambio económico, social y ecológico y no un nacionalismo de retroceso y de corrupción.

Es evidente que existen movimientos desde los llamados «poderes fácticos» que pretenden cerrar el ciclo de cambio con una restauración del bipartidismo. La llamada «gran coalición» entre el Partido Popular y el PSOE sería un enorme fraude al electorado y tendría como objetivo arrinconar a las izquierdas y a los nacionalismos. Ofrecería una salida conservadora y recentralizada a las tres crisis (socioeconómica, política y territorial) en las que está sumida España desde hace al menos un lustro, aunque hayan sido incubadas en las últimas décadas.

La sentencia del procés puede agravar la crisis territorial, dinamitar las opciones de acuerdo con los nacionalistas catalanes e incluso con los vascos si se recurre a la aplicación del artículo 155 y la suspensión de la autonomía de Cataluña. Sería catastrófico para Canarias que estuviera protagonizada por el PSOE y el PP una legislatura en la que hay que aprobar el nuevo modelo de financiación autonómica, buscar soluciones a la cuestión catalana (que en realidad no es el problema catalán, sino el secular problema territorial de España, pese a que la derecha se niegue a reconocerlo) y afrontar quizás una nueva recesión económica.

Canarias también se encuentra en un momento crucial. El nuevo gobierno progresista de Canarias está desarrollando, pese a las dificultades heredadas del gobierno de CC, su agenda social para superar una década de atraso en sanidad, dependencia, vivienda, igualdad o educación. También debe afrontar un cambio en la manera en la que se han gobernado estas islas en los últimos años, siendo capaz de dar respuesta a reivindicaciones sociales largo tiempo postergadas y democratizando la gestión de los asuntos estratégicos.

En este escenario el nacionalismo canario debe ser no solo defensor de un modelo federal de autogobierno y de resistencia frente a las tentaciones recentralizadoras. Debe también proteger y ampliar el estado del bienestar y los derechos laborales y sociales. Tiene que apoyar la derogación de la reforma laboral, porque nuestros trabajadores son de los que más sufren la precariedad en España. Tiene que exigir la dotación económica del pacto de Estado contra la violencia machista, ya que en 2019 llevamos 7 mujeres asesinadas en nuestras islas. Es necesario que se implemente una estrategia de lucha y adaptación al cambio climático, un nuevo pacto verde basado en la idea de ecoislas y ecoarchipiélago, dado que podemos ser uno de los territorios más afectados del mundo. Es preciso que recuperemos los servicios públicos interesadamente deteriorados, como lo es que defendamos la autonomía y la capacidad de las instituciones públicas, el municipalismo y los cabildos como gobiernos de cercanía y proximidad.

En definitiva, pese a que los nacionalistas llevamos muchos años luchando por mayores cuotas de autogobierno y autofinanciación, lo cierto es que formamos parte de un Estado descentralizado en competencias (gasto) pero muy centralizado en recaudación. Esto supone un factor limitante para el pleno desarrollo del autogobierno, ya que dependemos de la financiación estatal para poder desarrollarlo. Eso necesariamente nos obliga a apoyar gobiernos progresistas en el Estado comprometidos no solo con una asignación de fondos justa para Canarias sino también con la descentralización y la profundización del estado autonómico.

Sería por lo tanto nefasto para los intereses de Canarias que en una encrucijada en la que existe el serio riesgo de un repliegue conservador y de la restauración del bipartidismo, la respuesta del nacionalismo en Canarias sea retrotraerse quince años a un modelo fracasado y recomponerse también en clave conservadora, pensando exclusivamente en el pragmatismo institucional.

La sociedad canaria, al igual que la española en su conjunto, ha experimentado grandes cambios en la última década que se han reflejado en el sistema de partidos, en el comportamiento electoral, en la forma de relacionarse con la política. Tenemos una ciudadanía cada vez más crítica que exige mayores cotas de honestidad, coherencia, transparencia y participación tanto en la política como en la gestión pública. En los últimos años hemos asistido a la emergencia del movimiento feminista y de las reivindicaciones a favor de los poderes públicos para combatir la crisis climática, en ambos casos con una fortísima presencia de las nuevas generaciones que comienzan su proceso de politización con estas cuestiones.

El nacionalismo canario debe ser progresista y también debe mirar al futuro, tener capacidad para abrirse a la sociedad, ser permeable a las demandas de los movimientos sociales y ser capaz de acoger las sensibilidades de las nuevas generaciones. Además de liderar las cuestiones que han caracterizado a este movimiento político con amplio arraigo en el archipiélago (defensa del autogobierno y las singularidades de Canarias) tenemos que ser capaces de renovar el discurso e integrar las reivindicaciones de mayor equidad social, de la dependencia y los cuidados, de la igualdad entre hombres y mujeres y de la emergencia climática. Y en esto, sin duda cabe mucha gente progresista.

Creo que, en medio de la incertidumbre política en la que vivimos, si somos capaces de articular nuestra propuesta desde la coherencia y la ejemplaridad que nos proporciona la experiencia en un gran número de gobiernos municipales, insulares así como del autonómico, vamos a ser capaces de conectar con el sentir de una gran parte de la sociedad y convertirnos en la referencia de un gran número de canarias y canarios progresistas que aman su tierra. Y este horizonte es el que nos alumbra Taburiente cuando canta «Unirnos todos al futuro para que juntos seamos libres, y en los lugares donde hay sed reverdecer y darte el trigo, y en los caminos que forjamos ver crecer a nuestros hijos». Esa ilusión es la que alienta el corazón del pueblo canario

La política como problema

La política se ha convertido en un problema cuando debería ser una solución. La inestabilidad política en España nos afecta en múltiples ámbitos. Influye en la actividad económica, en la aprobación de leyes, en la resolución de problemas sociales. La actividad de instituciones como los cabildos está condicionada por la falta de interlocutores en el gobierno central que afronten los problemas energéticos y medioambientales, las grandes inversiones en infraestructuras o la superación de las políticas de recortes que nos mantienen con carencias de personal muy graves o con limitaciones a la inversión.

Pero por encima de estas preocupaciones existe un malestar general en la sociedad por la forma en la que las personas dedicadas a la actividad política están afrontando este momento y la crisis de valores éticos para orientar las decisiones. La sociedad no comparte una acción política donde prima el interés partidista y la escenificación del relato y la comunicación. Aumenta el divorcio entre el lenguaje político y las preocupaciones de la ciudadanía de la calle que necesita entender y explicar lo que se impone. Los grandes poderes económicos y mediáticos presionan de manera invisible y las organizaciones políticas no transparentan esos condicionantes.

Según la encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas de la semana pasada, «Los políticos en general, los partidos y la política» representan el segundo problema para el 45,3% de los españoles, sólo por detrás del paro que alcanza el 60%. De esta manera, “los políticos” se convierten en el problema que más crece para la ciudadanía del Estado español, aumentando en más de seis puntos porcentuales en apenas dos meses. Es innegable que son cifras muy preocupantes que nos alertan sobre la necesidad urgente de tomarnos en serio el cambio en la manera en la que entendemos la política.

Aunque es evidente que la parálisis política y la incapacidad de las fuerzas progresistas para ponerse de acuerdo, anteponiendo intereses partidistas al interés de las personas, han contribuido al descrédito del sistema político, también es cierto que no se trata de una tendencia nueva. La desafección política como fenómeno social relevante se remonta por lo menos, a la última década, aunque se lleva gestando desde hace al menos treinta años en los que la globalización neoliberal, la desregulación financiera y la circulación de capitales a escala global han despojado a los estados democráticos de buena parte de su capacidad de decisión.

Sea cual sea la postura que se tenga sobre el 15M es innegable que se trató fundamentalmente de un movimiento de protesta resultante del desencanto con la manera de ejercer la política. No en vano el lema que ha pasado a la historia como leitmotiv de aquellas movilizaciones es el “No nos representan”, el eslogan que más contundentemente y con más éxito condensó el descontento con la democracia representativa y el alejamiento de los políticos respecto a los intereses y demandas de la ciudadanía.

No se trata de un fenómeno exclusivo de España. El “Journal of Democracy”, una de las publicaciones académicas más prestigiosas del mundo en el estudio de la democracia, ha publicado un estudio en el que señala que en Europa, el porcentaje de personas que considera como esencial vivir en un país que esté gobernado democráticamente se ha ido reduciendo ininterrumpidamente desde 1950 y en la actualidad se sitúa por debajo del 50%. Pero más grave aún es que esta desafección es mayor entre los más jóvenes. En Estados Unidos entre las personas que nacieron después de 1980, el apoyo a la democracia es de sólo el 30 por ciento.

Si nos fijamos en la Encuesta Social Europea, un estudio que se realiza de forma simultánea en 29 países europeos cada dos años entre 1.500 y 2.500 individuos, la confianza en los partidos y en los políticos está en su nivel más bajo desde que se empezó a hacer la encuesta, en 2002. La percepción es en gran medida que los partidos no se diferencian gran cosa unos de otros. Entre 0 y 10, el nivel de acuerdo con la afirmación “Los diferentes partidos políticos proponen alternativas que se distinguen claramente entre sí” es de 5,2 en España.

Este es el escenario en el que tenemos que afrontar una repetición electoral en España, que supone las cuartas elecciones generales en cuatro años, un hecho inédito en la historia reciente de España.  El motivo de que estemos llamados de nuevo a las urnas es que las dos principales fuerzas progresistas representadas en el parlamento, PSOE y Podemos, han sido incapaces de llegar a un acuerdo para formar gobierno. Y el desacuerdo se produce después de una negociación incomprensible, de meses de reproches públicos en los que parecía que ninguna de las dos partes tenía un interés real y genuino por conseguir un entendimiento.

Pero me preocupa mucho más cómo detener esa sangría de descrédito de la acción política donde se generaliza el que todos los políticos actuamos igual y donde la corrupción, la mentira, la injuria, el descrédito injustificado no tiene castigo social ni electoral. Y me preocupa porque en ese terreno es donde crecen los movimientos fascistas y donde se justifican posiciones de extrema derecha que destruyen los valores y el sistema democrático. No concibo la participación política sin incluir las exigencias éticas que nos obligan a priorizar el interés general, a mantener los compromisos, a no modificar nuestras valoraciones por conveniencias electorales o de pactos, a no ceder a los chantajes aunque nos cuesten votos fáciles.

La repetición de elecciones es una mala noticia para Canarias. La actividad de la administración estatal se ralentizará y afectará a los retos y cambios que debe afrontar el Archipiélago. Muchas de las transferencias que le corresponden a Canarias deberán esperar a que haya un nuevo presupuesto estatal para que sean actualizadas,  así como el desarrollo del autogobierno con el nuevo Estatuto de Autonomía y el actualizado Régimen Económico y Fiscal. Canarias, debido a un escaso desarrollo del autogobierno y de la capacidad recaudatoria y de un deficiente sistema de financiación es un territorio muy dependiente de las transferencias del Estado.

En este panorama, las personas progresistas de Canarias tenemos que tener una representación clara que no solo defienda las singularidades del archipiélago, sino también un proyecto coherente, fundamentado en las aspiraciones de la mayoría social, con una voluntad inequívoca de progreso que consiga revertir las décadas de mal gobierno que nos han situado a la cola de todos los indicadores positivos y a la cabeza de todos los negativos, como paro, corrupción, pobreza o abandono escolar.

La voluntad de cambio de los hombres y mujeres de Canarias quedó fielmente reflejada en el resultado de las elecciones municipales, insulares y autonómicas del pasado mes de mayo. Tanto en el Gobierno de Canarias como en la mayor parte de los cabildos insulares y los principales ayuntamientos de las islas, el resultado electoral permitió conformar gobiernos progresistas que pusieron fin a  muchos años de mal gobierno. Se abrió un nuevo tiempo político en las islas, que es depositario de las esperanzas de muchas personas para revertir la situación.

Y es que la cuestión nacional es inseparable de la cuestión social, especialmente en un lugar como Canarias, que ha conocido en su historia reciente la pobreza y la miseria más extremas, y aún hoy tiene a buena parte de su población en riesgo de exclusión social. De muy poco sirve la defensa del autogobierno y las singularidades políticas, económicas y sociales de este archipiélago si luego se utilizan esas competencias para gobernar en favor de las oligarquías locales e insulares, de la explotación y del agotamiento de un territorio escaso y frágil.

Ese nacionalismo integrador y progresista, que mira al futuro, solo puede ser posible si se compromete con el empleo de calidad, la lucha contra la pobreza, la defensa de la sanidad y la educación públicas, el desarrollo de la ley de dependencia o la igualdad y la protección del medio natural. Pero todo ello solo puede sostenerse desde un sistema tributario justo y progresivo que garantice unos ingresos adecuados para que se puedan desarrollar políticas públicas destinadas a combatir la desigualdad. Es decir, prácticamente todo lo contrario de lo que se ha venido haciendo en la última década.

La defensa de Canarias tiene que llevar aparejada la defensa de la democracia. Sin caer en el chovinismo creo que Canarias es un lugar que puede ser referente en la defensa de los valores democráticos. Nuestra geografía y nuestra historia nos han convertido en un territorio singular, un puente entre tres continentes con una cultura mestiza. Somos una sociedad abierta, tolerante y acogedora, que en ocasiones ha sido pionera en el reconocimiento de la diversidad. Hace tiempo que convivimos con otras comunidades nacionales, integradas desde hace décadas en nuestras islas y que han incorporado Canarias a su propia identidad.

Por supuesto también tenemos que hacer bandera de la lucha denodada e incansable contra la corrupción. La corrupción es la negación de la ley, de la igualdad, la justicia y de la propia democracia. Detrae recursos y atenta contra el poder de decisión de la ciudadanía y es una de las principales razones de la desafección hacia el sistema político.  Es un mal que ha asolado nuestra tierra. No hay mejor defensa de un territorio que defenderlo de quienes solo ven en él una forma de enriquecimiento y poder.

La defensa de la democracia y de la buena política no es una cuestión retórica y alejada de los problemas cotidianos de la gente. Es uno de los retos colectivos más urgentes que tenemos que abordar si queremos conjurar el riesgo del ascenso de la extrema derecha y la destrucción de nuestros sistemas de convivencia. En Canarias es necesaria la apuesta por un proyecto de defensa de nuestras singularidades y autogobierno desde una perspectiva progresista, que conecte con las demandas de una ciudadanía cada vez más crítica. Y eso solo puede hacerse desde la coherencia entre el discurso y los actos y alejándose de actitudes incomprensibles para el electorado que les lleven a pensar que “todos son iguales”.