Portada Antonio Morales


El futuro de la ciencia en Canarias

El Parlamento de Canarias aprobó, por unanimidad, el pasado 29 de abril, instaurar el 10 de diciembre como Día de las Ciencias Canarias. Se trata, según el texto consensuado, de un reconocimiento al legado del físico lanzaroteño Blas Cabrera, uno de los científicos más relevantes de la historia de las islas y, a la vez, de refuerzo “del compromiso de Canarias con la  divulgación, la investigación y el conocimiento”.  

Rendir homenaje a uno de nuestros más grandes científicos es loable, y también que la cámara legislativa canaria plantee la necesidad de reforzar el desarrollo científico de nuestro archipiélago, pero hablar del estado de la ciencia en Canarias obliga a abandonar ciertos lugares comunes y afrontar una realidad incómoda y estructural. No se trata simplemente de invertir más en investigación o de formar más talento, sino de entender cómo encaja —o más bien, cómo no encaja todavía— la ciencia dentro del modelo económico del archipiélago.

Y eso no parece entenderlo el Gobierno de Canarias que tramita en estos momentos el proyecto de la Ley Canaria de la Ciencia. Rectores de la ULL y la ULPGC, partidos opositores y sectores universitarios han denunciado en los últimos meses la escasa participación de las universidades públicas canarias en la elaboración del texto, pese a concentrar gran parte de la I+D+i del archipiélago. También cuestionan la falta de financiación estable y la ausencia de medidas claras para fortalecer la carrera investigadora. Reclaman una normativa más inclusiva, consensuada y orientada al interés público y científico.

Es lo que plantea el último informe anual, presentado por el Consejo Económico y Social de Canarias el pasado día 15 de mayo: nuestra comunidad, para luchar contra las altas tasas de pobreza y exclusión social,  necesita transformar su modelo económico apostando más por la ciencia, la innovación, la formación y por sectores de alto valor añadido como la economía azul, la biotecnología, la digitalización o las renovables.

El dato más revelador en torno a la ciencia en nuestra comunidad autónoma es también el más repetido: Canarias destina en torno al 0,5 % de su PIB a I+D, muy por debajo de la media española ( 1,50%)  y lejísimos  -cuatro veces por debajo- de los estándares europeos (2,2%). Además, mientras en España creció el gasto en el último año en un 6,9%, en esta comunidad cayó un 1,1%. Pero reducir el análisis a estas cifras sería simplificar en exceso. La cuestión clave no es solo cuánto se invierte, sino quién invierte, para qué y con qué consecuencias.

En las economías más avanzadas, la mayor parte del gasto en investigación proviene del sector privado. Las empresas investigan porque necesitan innovar para competir. En Canarias, sin embargo, el peso de la I+D recae de forma desproporcionada en el sector público y en las universidades, más de un 85%. Esto genera un sistema científicamente digno en ciertos ámbitos, pero débil en su conexión con la economía real.

La razón fundamental es que el tejido productivo canario está dominado por sectores de bajo valor añadido, especialmente el turismo y los servicios asociados. Son actividades que, por su propia naturaleza, no demandan grandes niveles de investigación tecnológica. Y cuando la economía no demanda ciencia, la ciencia queda inevitablemente aislada.

Es lo que explica que Canarias cuente con investigadoras e investigadores cualificados, infraestructuras científicas relevantes en áreas concretas y universidades consolidadas, pero que, aun así, no logre traducir ese conocimiento en desarrollo económico significativo. La ciencia existe y produce resultados, pero no transforma el sistema.

A esta desconexión se suman otros factores estructurales. La insularidad, por ejemplo, limita la creación de ecosistemas empresariales densos. La lejanía de los grandes centros industriales europeos dificulta la aparición de empresas tecnológicas de gran tamaño y reduce las oportunidades de colaboración y crecimiento.

Otro obstáculo importante es la falta de financiación especializada para proyectos innovadores. Muchas iniciativas con potencial terminan dependiendo de inversores externos o trasladando parte de su actividad fuera para poder crecer.

El talento, por su parte, representa otra pieza crítica. Canarias forma profesionales cualificados, pero no siempre es capaz de retenerlos. Muchos acaban marchándose en busca de mejores oportunidades o permanecen en el sistema público sin posibilidad de desarrollar carreras vinculadas a la innovación empresarial. 

Esta tierra necesita construir un modelo propio basado en la especialización inteligente. El archipiélago posee una serie de ventajas únicas que, bien aprovechadas, pueden convertirse en pilares de un sistema científico-tecnológico sólido. La astrofísica es quizá el ejemplo más evidente: las condiciones naturales de las islas han permitido desarrollar infraestructuras de referencia mundial. Lo mismo ocurre con las ciencias marinas, la vulcanología o el estudio del cambio climático en entornos insulares.

Estos ámbitos no son solo campos de investigación académica sino que pueden convertirse en nichos económicos si se articulan correctamente con el sector productivo. El desafío no consiste únicamente en producir conocimiento científico, sino en lograr que parte de ese trabajo termine generando actividad económica, tecnología útil y oportunidades empresariales. Aquí es donde entran en juego las políticas públicas, pero con un enfoque distinto al tradicional, concentrando recursos en áreas concretas donde Canarias tenga ventajas comparativas reales.

Además, es fundamental activar la participación del sector privado. Canarias cuenta con un régimen fiscal singular (REF) que no se está utilizando suficientemente de manera estratégica, a tenor de los datos,  para atraer empresas tecnológicas y fomentar la inversión en I+D. Estos incentivos deben estar vinculados a resultados reales, no convertirse en simples herramientas de optimización fiscal, una de sus grandes rémoras.

Otro elemento clave es la creación de centros tecnológicos orientados a la transferencia. No basta con investigar; hay que conectar esa investigación con las necesidades de las empresas. Esto implica cambiar incentivos, estructuras y, en muchos casos, mentalidades. La colaboración público-privada no puede ser un eslogan, debe convertirse en el núcleo del sistema.

También hay margen para aprovechar el auge de la economía digital. A diferencia de la industria tradicional, muchas actividades tecnológicas no dependen tanto de la proximidad geográfica. El desarrollo de software, la inteligencia artificial o los servicios digitales pueden operar desde Canarias hacia el mundo. En este terreno, factores como la calidad de vida, el clima o la fiscalidad juegan a favor del archipiélago. La posición geoestratégica del archipiélago abre otra vía interesante: actuar como plataforma entre Europa, África y el Atlántico. Esto no implica convertirse en un gran centro logístico tradicional, sino en un nodo de servicios, conocimiento y tecnología vinculado a ese espacio geográfico.

El futuro de la ciencia en Canarias dependerá de su capacidad para integrarse en la economía. No basta con tener buenos investigadores o infraestructuras destacadas. La ciencia solo despliega todo su potencial cuando se convierte en motor productivo, cuando genera actividad, empleo y valor.

El reto, por tanto, no es menor. Implica repensar  y diversificar de manera real el modelo económico. Pero también abre una oportunidad: la de construir un sistema propio, adaptado a las características del archipiélago y centrado en aquello que realmente puede hacer bien.

Canarias no será un gigante tecnológico global. Pero tampoco necesita serlo. Su camino pasa por ser algo diferente: un territorio especializado, eficiente y conectado, donde la ciencia deje de ser un elemento periférico y pase a ocupar un lugar central en su desarrollo. Ese es el verdadero desafío. Y también, si se aborda con realismo, su mayor oportunidad.

La oportunidad histórica de la visita del Papa

La  visita del papa León XIV a Canarias tiene un valor religioso, social, político y económico relevante en el contexto actual, marcado por conflictos internacionales y tensiones geopolíticas. Y es también definitivamente simbólica. Su presencia en este archipiélago atlántico va a permitir proyectar a las islas como un espacio históricamente vinculado a la convivencia, a la paz y al encuentro entre continentes y culturas, lo que contrasta con el clima de confrontación global.  Tiene un especial significado para la comunidad católica en Canarias, pero va más allá.

Me gustaría destacar tres aspectos que me parecen de especial significado para nuestra tierra y que la visita papal proyecta al mundo: el ecumenismo y la multiculturalidad que nos representa, nuestra vocación de territorio de paz y la realidad de las personas migrantes que han llegado a Canarias -una ruta que le quitó el sueño a su predecesor, que llegó a recibir a migrantes que la habían cruzado-  y las aviesas intenciones de Europa con respecto a la migración.

El ecumenismo y el pluralismo religioso son, sin el menor género de dudas, vías fundamentales para fomentar el diálogo entre culturas y avanzar hacia sociedades más justas e inclusivas. En territorios como Canarias, caracterizados por su posición estratégica entre continentes, la diversidad cultural y religiosa se convierten en una oportunidad para promover la convivencia, la cooperación y el entendimiento entre los pueblos. En este contexto, la presencia de un líder religioso de la dimensión de León XIV debe servirnos  para proyectar y reforzar valores como la paz, la justicia social y la sostenibilidad. Lejos de ser un elemento de división, la dimensión religiosa puede actuar como un punto de encuentro capaz de unir a distintas comunidades en torno a objetivos comunes. Así, el diálogo interreligioso y cultural – el templo ecuménico de Maspalomas es un ejemplo pionero que singulariza la realidad multicultural de Gran Canaria-, no solo enriquece a la sociedad, sino que contribuye a construir espacios compartidos donde la fraternidad y el respeto se convierten en pilares fundamentales para el desarrollo de la humanidad.

Canarias ha protagonizado, también, diversos hitos históricos que reflejan una arraigada cultura de paz  marcada por la negación de la guerra, la exigencia de una neutralidad real, la defensa del territorio y una clara voluntad popular de mantenerse al margen de confrontaciones bélicas. Uno de los momentos más significativos fue el referéndum de 1986 sobre la permanencia de España en la OTAN: mientras que en el conjunto del Estado ganó el “sí”, en Canarias se impuso el “no” de forma clara, evidenciando una posición diferenciada y un fuerte rechazo a la integración en estructuras militares internacionales. Este resultado reflejaba, además, el temor a que el archipiélago se convirtiera en un enclave estratégico en conflictos globales debido a su posición geopolítica.

Años antes, durante el final del franquismo y la transición, ya se había producido una importante movilización social contra la posible instalación de una base militar en Arinaga, en Gran Canaria. La población local, junto a distintos colectivos sociales, protagonizó protestas y acciones de presión que lograron frenar el proyecto. Esta oposición no solo respondía a la defensa del territorio, sino también a un rechazo más amplio a la militarización de las islas y a la imposición de un modelo ajeno a las necesidades de la población.

Asimismo, la sociedad canaria ha mostrado su compromiso con la paz a través de movilizaciones contra conflictos internacionales, como la Guerra del Golfo y la Guerra de Irak. Estas protestas han estado siempre acompañadas de críticas al uso estratégico del archipiélago por parte de potencias militares, reforzando la idea de que Canarias no debía ser una plataforma para la guerra, sino un espacio de convivencia y cooperación.

Este enfoque está en línea con numerosas declaraciones del papa Francisco en los últimos años y de León XIV en este año de papado. Han denunciado reiteradamente la guerra como una “derrota de la humanidad” y han advertido sobre el auge de actitudes autoritarias, criticando los nacionalismos excluyentes y la política del miedo. En el contexto de conflictos como el de Ucrania o Gaza, han insistido en la necesidad de negociación, diálogo y desarme, rechazando la lógica de bloques y la escalada militar.

Durante los últimos años hemos vivido choques importantes, sobre todo en temas como la inmigración, el cambio climático o el papel del capitalismo, donde los sumos pontífices defendían posturas más sociales y humanitarias frente a las posiciones de muchos líderes mundiales.

Sin embargo, ahora el conflicto ha dado un paso más con el actual obispo de Roma y ha pasado a ser un enfrentamiento abierto con el autoritarismo desbocado y su figura insigne, Donald Trump. El presidente estadounidense lanzó críticas muy duras contra el papa, acusándolo de ser “débil”, de “complacer a la izquierda radical” y de meterse en política en lugar de centrarse en su papel religioso. Estas declaraciones llegaron en un contexto especialmente sensible, marcado por desacuerdos sobre conflictos internacionales y el uso del discurso religioso en política.

La respuesta de León XIV fue inusualmente clara y firme: afirmó que “no tiene miedo de Trump” y que seguirá defendiendo sus posiciones, especialmente en contra de la guerra y a favor de la paz. Dejó  meridianamente claro que no le tiene ningún miedo y que no piensa callarse ante lo que considera una distorsión del mensaje cristiano.

En su última visita a África, el papa afirmó con rotundidad que “el mundo está siendo devastado por una pandilla de tiranos… los señores de la guerra fingen no saber que basta un instante para destruir, mientras que a menudo no basta toda una vida para reconstruir. Se gastan miles de millones en matar y devastar, mientras que los recursos necesarios para curación, la educación y la reconstrucción no se encuentran en ninguna parte”.

En conjunto, lo que estamos viendo no es solo un cruce de declaraciones, sino un choque de visiones mucho más profundo: por un lado, una política basada en la fuerza, el totalitarismo, la antidemocracia, el desprecio a la multilateralidad, los Derechos Humanos y el Derecho Internacional y, por otro, una autoridad moral que insiste en la justicia social, la acogida, la diplomacia y el diálogo entre las naciones. Esa tensión, que ya existía en tiempos de Francisco, ahora se ha convertido en un enfrentamiento mucho más explícito con León XIV, marcando uno de los episodios de enfrentamiento más directos entre un papa y un líder estadounidense en la historia reciente.

Además, y por último, la presencia del papa en el Archipiélago va a visibilizar ante Europa y ante la comunidad internacional la realidad migratoria en Canarias, una de las principales puertas de entrada de la migración africana hacia la Unión Europea. Su estancia en Canarias va a poner el foco en la dimensión humanitaria del fenómeno y, por tanto, en la situación de miles de personas que llegan por la ruta atlántica y las dificultades de acogida en territorios insulares. Es nítida también su denuncia de la pobreza, el hambre,la desigualdad y la inacción – o la explotación- del mundo rico con los países pobres del  mundo.

En materia migratoria, su posición ha sido especialmente clara y constante: ha pedido acoger, proteger, promover e integrar a las personas migrantes, denunciando la “globalización de la indiferencia” y cuestionando políticas que priorizan el control de fronteras sobre los derechos humanos. También ha criticado duramente la externalización de fronteras y los sistemas que convierten a ciertos territorios en espacios de contención, alertando de que eso deshumaniza a las personas y erosiona los valores democráticos.

En ese sentido, su presencia en las islas  servirá para amplificar el debate sobre las políticas europeas que tienden a convertir  territorios fronterizos en lugares de retención, y para dar mayor legitimidad a una crítica ética de esas prácticas que pretenden convertir a Canarias en un contenedor de personas que han atravesado el océano a la intemperie, aterrorizadas. Por eso, los sarpullidos que han provocado en Abascal y Vox las palabras del obispo José Mazuelos – que tiene todo mi apoyo y solidaridad- a favor de la regularización de las personas migrantes o los circunloquios del PP que dice apoyar al obispo pero, al mismo tiempo, que se deben reforzar las fronteras.

Es especialmente significativo el momento. La Unión Europea está desarrollando el Pacto de Migración y Asilo, una reforma amplia que busca endurecer el control de fronteras exteriores, agilizar los procedimientos de asilo y facilitar las devoluciones de personas migrantes sin derecho a protección. También plantea un sistema de “solidaridad flexible”, donde los países pueden elegir entre acoger migrantes o aportar recursos.

Aquí, en Canarias, lo vivimos con una enorme preocupación porque este modelo podría reducir la distribución efectiva de personas entre Estados y reforzar el papel de los territorios fronterizos. Esto implicaría, en la práctica, insistir en convertir a las islas en  espacios de contención o retención, dada su posición geográfica como frontera sur de Europa.

En conjunto, más allá del componente religioso, que lo tiene para miles de canarios y canarias,  una visita así supone un fuerte impacto como gesto de denuncia, visibilización y reafirmación de valores como la paz, la dignidad humana y la solidaridad en un momento especialmente delicado para este planeta y para la humanidad.

La marea universitaria vuelve a levantarse

El pasado 5 de mayo las “Económicas” de Gran Canaria y Tenerife, en colaboración con una representación cualificada de la sociedad civil de Canarias presentaron, al unísono, un manifiesto de apoyo a la universidad pública canaria y solicitaron a la ciudadanía su firma en señal de respaldo. Desde el Cabildo de Gran Canaria quiero expresar mi aliento firme a cada una de sus reivindicaciones. La actualidad trepidante de las islas, marcada por la saturación turística y las urgencias migratorias, no puede seguir dejando en un segundo plano el debate sobre las decisiones de singular calado que el gobierno autonómico está adoptando contra nuestro sistema universitario público. Ante esta situación no podemos permanecer impasibles. La aportación de la ULPGC y la ULL es fundamental para nuestro desarrollo integral en las próximas décadas. Debilitarlas o desmantelarlas es poner en riesgo un modelo de progreso equilibrado, innovador y socialmente justo.

Hablar en Gran Canaria de la universidad es revivir una catarsis que movilizó a toda la sociedad isleña y que culminó con una conquista histórica. La Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, como ha recordado en muchas ocasiones el ex rector Rubio Royo, nació del pueblo y existe para servirle. Pocas universidades tienen el respaldo, la complicidad y la estima social que arropa a la ULPGC. Por eso, todo lo que le afecta tiene una trascendencia pública enorme. Han pasado 36 años desde su creación, y hoy como ayer reafirmo mi convicción de que es una herramienta imprescindible para generar conocimiento cualificado, favorecer la igualdad de oportunidades y democratizar la educación y la cultura.

Lo reitero con rotundidad: la universidad pública canaria es clave para nuestro progreso social, económico, cultural y tecnológico. El manifiesto, y la amplia presencia de la ciudadanía en su presentación,  nos recuerda que la sociedad que conquistó la ULPGC no está dispuesta a permitir su deterioro. Desde el Cabildo nos mantendremos firmes en la colaboración y en la denuncia de cualquier actuación que debilite o cuestione su papel trascendental.

Hay cuatro cuestiones que me preocupan profundamente y que el manifiesto ha puesto negro sobre blanco. Constituyen una estrategia deliberada en contra de nuestras universidades públicas: su financiación permanentemente deficitaria, la Ley de Consejos Sociales recientemente aprobada, el nuevo proyecto de Ley de la Ciencia y la potenciación de las universidades privadas. No es casualidad que se hayan precipitado y coincidido en el tiempo. Demuestran un diseño claro para debilitarlas.

La asfixia económica. La ULPGC nunca ha estado correctamente financiada, pero en los dos últimos años la situación ha empeorado hasta extremos insostenibles. En 2025, el proyecto de presupuesto no alcanzaba para garantizar las retribuciones del personal ni los costes de la Seguridad Social. Las partidas de infraestructuras no permiten ni el mantenimiento básico. Llevamos años sin un contrato programa que establezca un marco de financiación estable. Según el último informe del Ministerio de Universidades, Canarias destina menos del 0,7% de su PIB a educación superior, frente al 1% estatal y el 1,3% europeo. Somos la comunidad que menos invierte por estudiante y en investigación. Las plantillas envejecen y se precarizan. No podemos seguir a la cola. Es absolutamente de justicia reclamar ese 1% del PIB a la financiación de las universidades públicas canarias.

El control político. La nueva Ley de Consejos Sociales se aprobó contra el parecer de los órganos de gobierno de ambas universidades. Los rectores, que han acudido al Tribunal Constitucional para recurrir la ley,  denuncian falta de diálogo, imposición e invasión de la autonomía constitucionalmente garantizada. Lo que han manifestado públicamente es muy grave: ”esta actitud de ignorar a nuestras universidades públicas, por desgracia, no es nueva en Canarias, llueve sobre mojado». Con el paraguas de la participación social, lo que se esconde es el interés por controlar la universidad pública, limitar el disenso y promover visiones  partidistas de la historia, la economía o la cultura.

La exclusión científica. El proyecto de Ley de la Ciencia alcanza niveles irracionales. Se ha empezado a tramitar sin consultar a las dos universidades, que concentran más del 95% de la investigación del archipiélago. Se proponen órganos asesores donde las universidades públicas quedan en minoría. Este maltrato frustra una progresión investigadora en la que estábamos esperanzados.

La apuesta por lo privado. En los últimos años, el 80% de los nuevos títulos oficiales en Canarias se han aprobado para universidades privadas y solo un 20% para las públicas. En el último curso, a las privadas se les aprobaron 15 grados y a las públicas ninguno. No se trata de prohibir la competencia, sino de exigir que no sea tramposa. La universidad privada supone una selección social: no toda la población puede pagar matrículas elevadas. El manifiesto que está siendo firmado por una amplia mayoría denuncia con claridad esta deriva.

Esta ofensiva no es un fenómeno aislado canario. Responde a una estrategia global de las derechas para controlar, limitar y debilitar las universidades públicas. Desde Trump presionando a Harvard o Columbia por sus posturas sobre el genocidio en Gaza o el cambio climático, hasta Macron creando un observatorio contra «derivas ideológicas» en Francia; desde Ayuso estrangulando financieramente a la Complutense —con un plan de recortes de 33 millones de euros que elimina optativas y no repone jubilaciones— hasta la criminalización de la protesta estudiantil. En todas partes se repite el mismo guion: se desgasta la autonomía con recortes, se potencia a las privadas, se controlan los consejos sociales. Lo que ocurre en Canarias es un espejo de esa corriente mundial.

Por eso hoy cobra tanta importancia el manifiesto de las sociedades económicas de Tenerife y Gran Canaria. Es la voz de una sociedad civil que no ha olvidado cómo se conquistó la ULPGC. Sin embargo, debo decir con sinceridad que la respuesta de la comunidad universitaria en los últimos meses no había estado a la altura de la gravedad del momento. El malestar de los equipos rectorales no llegaba con suficiente claridad a la calle. Tampoco había percibido una movilización del profesorado, los sindicatos o el estudiantado acorde con la situación. El manifiesto corrige ese rumbo. Es el primer paso de una respuesta plural y proporcional que necesitamos urgentemente.

Reclamo con la mayor energía un nuevo pacto por la educación superior en Canarias. Necesitamos cinco líneas fundamentales. Primera: mejorar e incrementar la financiación pública con un marco plurianual estable. Segunda: estabilizar, motivar y garantizar el relevo generacional del profesorado y del personal de administración y servicios. Tercera: mejorar la empleabilidad del estudiantado y fomentar la colaboración empresarial. Cuarta: visibilizar la relevancia social del conocimiento que se genera en nuestras aulas. Quinta: incentivar el acceso de toda la población juvenil, especialmente de aquella con menos recursos.

Desde el Cabildo de Gran Canaria sabemos de la trascendencia de un sistema universitario público de calidad y accesible para todas y todos. Hoy, con el respaldo del manifiesto ciudadano, reafirmo mi compromiso. Si hace 40 años nos movilizamos y conseguimos la creación de la ULPGC, hoy, cuando vive momentos de riesgo para su autonomía y progresión de futuro, debemos volver a manifestarnos de todas las maneras posibles. La universidad que nació de una marea social debe seguir contando con ese respaldo colectivo. No permitamos que languidezca el gran sueño nacido en el siglo XX. Lo necesitamos para ganar el siglo XXI.

                                                                                            

Una sentencia errónea, injusta y desproporcionada

Desde el Cabildo de Gran Canaria hemos tenido siempre claro que la revisión y actualización del Plan Insular de Ordenación (PIO) no era solo una tarea pendiente, sino una prioridad estratégica para el presente y el futuro de nuestra isla. Desde que asumimos la responsabilidad de gobierno en 2015, impulsamos este documento con la convicción de que estábamos trabajando por el desarrollo social, económico y medioambiental de Gran Canaria, y siempre guiados por un principio fundamental: la defensa del interés general.

El PIO aprobado en 2022 es el resultado de ese compromiso. Se trata de un documento plenamente ajustado a la legalidad vigente, que cumple con la Ley del Suelo de 2017 y se adapta a la Ley 19/2003 de Directrices de Ordenación del Turismo de Canarias, así como al conjunto de normativas que han ido surgiendo en materia territorial, ambiental y urbanística, tanto en el ámbito autonómico como estatal. Lejos de ser un instrumento desfasado, el plan sitúa a Gran Canaria en la vanguardia de la planificación territorial.Ningún Cabildo de Canarias ha dado este paso.

Con este PIO se ha apostado por un modelo de isla que mira al futuro. Se han incorporado medidas innovadoras en materia energética, avanzando en la descarbonización, en la penetración de energías renovables y en el desarrollo de sistemas de almacenamiento. También se ha trabajado en la mejora de la conectividad, en la limitación de la carga turística y en la construcción de un modelo turístico más diversificado y sostenible. Al mismo tiempo, se refuerzan sectores clave como el primario, se impulsanpolíticas de vivienda, se ordena el suelo industrial y se planifican lasinfraestructuras estructurantes.

Todo ello sin renunciar a uno de nuestros mayores compromisos: la protección del territorio. Con este plan garantizamos la preservación del 85,4% de la superficie de la isla y reforzamos el número y la protección de nuestros espacios naturales, entendiendo que el equilibrio entre desarrollo y conservación es esencial para nuestro futuro.

Nada de esto ha sido fruto de la improvisación. Durante más de diez años se ha desarrollado un trabajo riguroso, liderado por el funcionariado de esta casa, cuya profesionalidad y solvencia queremos reivindicar. Se ha seguido un procedimiento impecable, participativo y garantista, respaldado por casi un centenar de informes favorables emitidos tanto por los servicios técnicos del Cabildo como por otras administraciones. Se han dedicado miles de horas y elaborado un documento de enorme complejidad, con 35.000 folios, que fija un horizonte de desarrollo para Gran Canaria hasta el año 2050.

Por eso, la reciente sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Canarias que anula el PIO nos obliga a alzar la voz con claridad. Nos obliga a explicarlo bien a la ciudadanía grancanaria y a insistir en trasladar  la consideración del Gobierno de la isla sobre esta decisión judicial. Consideramos que se trata de una resolución injusta, errónea, superficial y desproporcionada, que atenta directamente contra el desarrollo económico y social de nuestra isla.

Es errónea porque parte de una premisa que no se sostiene: que la Ley de Directrices de Ordenación está derogada. No es así. La propia sentencia reconoce que siguen vigentes las directrices de ordenación del turismo y determinadas directrices generales sobre suelo rústico, además de otras normativas sectoriales. Nuestro plan no se basa en una ley inexistente, sino en un marco jurídico plenamente vigente.

También es errónea porque ignora que el principal sustento del PIO es la Ley del Suelo de 2017. Esta norma permite, a través de su disposición transitoria, continuar procedimientos ya iniciados, como ha sido nuestro caso. Durante los años de elaboración del plan se produjeron múltiples cambios legislativos y, si hubiésemos reiniciado el proceso en cada ocasión, nunca habríamos podido culminarlo. Actuamos conforme a la ley, utilizando las herramientas que esta nos ofrece y siguiendo las recomendaciones de los equipos técnicos.

Rechazamos igualmente la afirmación de que el PIO esté vacío de contenido. Nada más lejos de la realidad. Se han mantenido íntegramente las directrices de ordenación turística, que nos obligan a delimitar áreas de renovación, establecer criterios de especialización del suelo turístico y planificar su rehabilitación y equipamientos. Hemos definido un modelo turístico insular claro, determinando zonas de uso exclusivo y analizando la capacidad de carga del territorio.

Además, se han incorporado las directrices de ordenación del suelo rústico, fundamentales para proteger nuestras zonas agrícolas y preservar los suelos fértiles frente a procesos de urbanización. El PIO contiene, por tanto, determinaciones esenciales para el desarrollo de la isla, y resulta incomprensible que se afirme lo contrario.

Es injusta, porque perjudica al interés general y no beneficia ni a quiénes lo recurrieron. No se atiende a ninguna reclamación particular. Nadie gana y todos perdemos. 

Nos preocupa especialmente el carácter superficial de la sentencia. No es razonable que un documento de ocho folios pueda invalidar un trabajo de más de una década, sustentado en miles de páginas y en numerosos informes técnicos. No se identifica con claridad qué disposición concreta incumple el plan y se basa en una interpretación que consideramos equivocada. Tenemos la sensación de que no se ha analizado el contenido normativo en profundidad, sino que se ha pasado por encima del texto, que se ha quedado en una lectura parcial.

Esta decisión daña gravemente el interés general de Gran Canaria y cuestiona nuestra capacidad como institución para planificar el territorio. Además, nos sitúa en una posición de indefensión, al limitar las posibilidades de recurso a un complejo procedimiento de casación.

Aun así, queremos ser claros: vamos a defender el PIO en todas las instancias necesarias. Recurriremos ante el Tribunal Supremo y ante el propio TSJC en casación, acudiremos al Tribunal Constitucional y estudiaremos la vía europea. No vamos a renunciar a un instrumento que consideramos clave para el futuro de nuestra isla.

En el ámbito político, también debo responder a las críticas que se han vertido. La decisión de continuar con la tramitación del plan en 2017 no fue arbitraria ni excepcional. En 2014, el propio Partido Popular hizo exactamente lo mismo tras la aprobación de la Ley de Armonización, optando por dar continuidad a los trabajos en curso. Nosotros actuamos con la misma responsabilidad institucional, siguiendo las recomendaciones técnicas y dentro del marco legal.

No hemos tomado ninguna decisión política contraria a los informes técnicos. Al contrario, nos hemos apoyado en ellos en todo momento, garantizando la seguridad jurídica del documento. Por eso, nuestra posición es firme: defendemos el trabajo del funcionariado de esta casa, que ha demostrado su profesionalidad y su compromiso con Gran Canaria, pero también la orientación política que respalda un modelo de desarrollo ecosocial para nuestra isla.

Hoy, más que nunca, nuestra decisión política es clara. Estamos del lado del interés general, del lado del progreso de Gran Canaria y del lado de un modelo de desarrollo equilibrado y sostenible. Creemos firmemente que el PIO aprobado en 2022 ofrece, infinitamente, mejores garantías para el futuro que su anulación.

Contamos, además, con el respaldo de una amplia mayoría de la corporación, que valora el rigor de los informes técnicos y el trabajo realizado durante todos estos años. Frente a quienes cuestionan las instituciones y el trabajo público, reafirmamos nuestra confianza en los profesionales que han hecho posible este plan y en la defensa de la casación de una sentencia limitante  de derechos y competencias.

El Cabildo de Gran Canaria no va a renunciar a su responsabilidad de planificar el futuro de la isla. El PIO sigue en vigor y vamos a defender sulegalidad, su coherencia y su oportunidad histórica en todos los ámbitos necesarios. Porque tenemos el convencimiento de que este plan no solo es válido, sino imprescindible para construir una Gran Canaria más sostenible, más equilibrada y mejor preparada para los retos del futuro. Y seguirá siendo, además, un documento vivo sujeto a revisión y actualización permanente para adaptarse en cada momento a la realidad social, económica y ambiental de la isla.