Portada Antonio Morales


lunes 20 / 05 / 2024 Gran Canaria

En medio del desgarrador conflicto entre Israel y Palestina, la tragedia en Gaza ha alcanzado niveles inaceptables de sufrimiento humano. Es crucial enfrentar esta realidad con valentía y claridad moral, sin desviarnos de la verdad incómoda: lo que está ocurriendo en Gaza es un genocidio perpetrado por Israel contra el pueblo palestino. Y eso es […]


Toda la solidaridad con Palestina

Toda la solidaridad con Palestina

En medio del desgarrador conflicto entre Israel y Palestina, la tragedia en Gaza ha alcanzado niveles inaceptables de sufrimiento humano. Es crucial enfrentar esta realidad con valentía y claridad moral, sin desviarnos de la verdad incómoda: lo que está ocurriendo en Gaza es un genocidio perpetrado por Israel contra el pueblo palestino. Y eso es lo que denunciaron ayer miles de personas en las calles de Las Palmas de Gran Canaria. Lo que están denunciando millones de personas en las calles de numerosos países. Lo que están denunciando miles de estudiantes en las universidades del mundo.

Desde hace décadas, Gaza ha sido un campo de batalla marcado por la violencia y la opresión. La ocupación israelí ha dejado a la población palestina atrapada en un ciclo interminable de sufrimiento, con restricciones draconianas a la libertad de movimiento, acceso limitado a recursos básicos como agua y electricidad y un bloqueo devastador que ha convertido a Gaza en una enorme prisión al aire libre.

En los últimos años, los ataques de Israel contra Gaza han alcanzado niveles inhumanos. Durante los bombardeos masivos, los civiles, incluidos niños y mujeres, son asesinados indiscriminadamente. Las infraestructuras vitales como hospitales, escuelas y viviendas son reducidas a escombros, dejando a la población sin refugio ni atención médica adecuada.

Según el último informe de CEAR, al menos 32.975 personas han muerto bajo los ataques indiscriminados del ejército israelí. Entre ellas, más de 13.000 niños y niñas, y 9.000 mujeres, según la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA). En cuatro meses, han muerto más niños y niñas en Gaza que en todas las guerras del mundo en los últimos cuatro años. 

Las terribles cifras van más allá de las muertes. Al menos 75.577 personas han resultado heridas de diferente gravedad y 7.000 siguen desaparecidas bajo los escombros. Cerca del 60% de las viviendas han sido destruidas, el 80% de las infraestructuras comerciales, 230 centros de culto, 155 instalaciones de salud y 161 vinculadas a la UNRWA, incluidas sedes de la ONU, escuelas y centros médicos. 

Gaza es una franja arrasada e inhabitable, donde el hambre -utilizada como arma de guerra- ha provocado y sigue provocando muertes de niños y niñas y uno de cada tres menores de dos años sufre desnutrición. La hambruna se está usando como arma de destrucción masiva contra una población agotada y debilitada, sin recursos para sobrevivir, que busca desesperadamente refugios inexistentes. El 75% ha tenido que huir de sus hogares (en muchos casos por segunda vez, pues la gran mayoría ya eran personas refugiadas), y se hacina en el sur, forzada por las órdenes de evacuación israelíes.  

Además de todos los daños infligidos sobre la población civil, cerca de 200 personas dedicadas al trabajo humanitario han sido asesinadas durante el genocidio, narrado en primera persona sólo por periodistas palestinos y palestinas, que también están siendo masacrados por tratar de informar sobre lo que sucede. Al menos 103 periodistas han muerto por ataques israelíes. 

Es imperativo condenar enérgicamente estos crímenes de lesa humanidad y exigir que se detenga de inmediato esta brutalidad sin sentido. También debemos señalar que al mismo tiempo que es vital denunciar el genocidio perpetrado por Israel también debemos condenar los ataques indiscriminados de Hamás contra civiles israelíes y decir que, hoy por hoy, la organización islamista es un obstáculo para los intentos de paz en la región. 

También debemos alertar sobre el proceso de fascistización del Estado israelí. Su desprecio por la legalidad internacional y los derechos humanos es total. Su acción internacional se asemeja preocupantemente a la de Putin, intoxicando con bulos y manipulaciones a la opinión pública internacional y calificando de antisemita a cualquiera que condene sus continuas violaciones de los derechos humanos. La imagen de su embajador ante la ONU triturando la carta de Naciones Unidas en la asamblea es la mejor representación de la degradación de un Estado que precisamente se creó en virtud de una resolución de Naciones Unidas. No nos podemos olvidar que fue la Resolución 181 de la ONU,  en 1947-1948, la que dio pie a la creación del Estado de Israel.

La inacción de la comunidad internacional es igualmente preocupante. Mientras los líderes mundiales expresan condenas retóricas, su falta de acción tangible es una traición a los valores humanitarios más básicos. La hipocresía de algunos estados, que condenan el terrorismo en un contexto mientras apoyan la opresión en otro, es un insulto a la dignidad humana.

Lo que es aún más desalentador es la desconexión entre la comunidad internacional y la voluntad popular. En todo el mundo, millones de personas se han levantado en solidaridad con Palestina, exigiendo justicia y libertad para un pueblo oprimido. Sin embargo, esta voz de la justicia y la humanidad sigue siendo ignorada por aquellos con el poder de influir en el cambio.

En este momento crucial, España y la comunidad internacional deben comprometerse activamente con la búsqueda de la paz en Gaza y en toda Palestina. Esto implica acciones concretas, no solo palabras vacías. Es hora de imponer sanciones efectivas contra Israel hasta que ponga fin a su ocupación ilegal y cumpla con el derecho internacional. Es hora de presionar a todas las partes para que vuelvan a la mesa de negociaciones con la determinación de encontrar una solución justa y duradera.

Pero más allá de las acciones diplomáticas, también debemos trabajar para abordar las raíces profundas del conflicto: la injusticia, la desigualdad y la falta de respeto por los derechos humanos. Esto requiere un compromiso sostenido con la construcción de sociedades inclusivas y equitativas, donde toda la ciudadanía, independientemente de su origen étnico o religioso, pueda vivir con dignidad y seguridad. Y ello es imposible sin el reconocimiento del Estado Palestino. 

En última instancia, la paz en Gaza y en toda Palestina solo se logrará cuando reconozcamos la humanidad compartida de todos los involucrados y trabajemos juntos con el objetivo de construir un futuro mejor para las generaciones venideras. Ya es hora de que la comunidad internacional pase de la indignación a la acción, demostrando con hechos, no solo con palabras, su compromiso con la justicia y la paz en Palestina.